viernes, 17 de abril de 2015

CERVANTES Y EL QUIJOTE EN EL CALLEJERO DE CAMPO DE CRIPTANA (XXVII)

DOROTEA

El encuentro con Cardenio
(G. Doré)
En el capítulo XXVII de la primera parte el cura y el barbero, llegados a Sierra Morena – por delante habían enviado a Sancho Panza -, se habían encontrado con Cardenio cuando iban disfrazados con el fin de encontrar a Don Quijote y hacerlo volver a su aldea.

En el capítulo siguiente oyen una voz que suponen ser de una joven que estuviera lavándose los pies en un arroyo: “  ¡ Ay Dios !  ¿ si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir de escondida sepultura á la carga pesada deste cuerpo que tan contra mi voluntad sostengo ?  Sí será, si la soledad que prometen estas tierras no me miente. ¡ Ay   desdichada !  ¡ y cuán más agradable compañía harán estos riscos y malezas á mi intención, pues me darán lugar para que con quejas comunique mi desgracia al cielo, que nó la de ningun hombre humano, pues no hay ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en los males !  “.  

Dorotea se lava los pies
(G. Doré) 
En realidad, era la voz de Dorotea, que, tal como vieron, iba disfrazada de mozo labrador:   “ El mozo se quitó la montera, y sacudiendo la cabeza á una y á otra parte, se comenzaron á descoger y desparcir unos cabellos que pudieran los del sol tenerles envidia: con esto conocieron que el que parecia labrador era mujer, y delicada, y áun la más hermosa que hasta entonces los ojos de los dos habian visto, y áun los de Cardenio, si no hubieran mirado y conocido á Luscinda, que después afirmó que sola la belleza de Luscinda podia contender con aquella. Los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos, que si no eran los piés, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecia: tales y tantos eran. En esto les sirvió de pèine unas manos, que si los piés en el agua habian parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban pedazos de apretada nieve “.

Después de haberse visto todos, Dorotea les cuenta su vida. Su padre, Clenardo, vasallo de un duque andaluz Grande de España, era muy rico. El duque tenía dos hijos, de los cuales era la fuente de los males de Dorotea el menor, precisamente  Fernando, el que, a pesar de haberle dado palabra de ser su marido, había logrado casarse con Luscinda, la amada de Cardenio y causa del infortunio de éste: “ me comenzaron á hacer fuerza y á inclinarme á lo que fué, sin yo pensarlo, mi perdicion, los juramentos de don Fernando, los testigos que ponia, las lágrimas que derramaba, y finalmente su disposición y gentileza, que acompañada con tantas muestras de verdadero amor, pudieran rendir á otro tan libre y recatado corazon como el mio. Llamé a mi criada, para que en la tierra acompañase á los testigos del cielo: tornó don Fernando á reiterar y confirmar sus juramentos; añadió á los primeros nuevos santos por testigos; echóse mil futuras maldiciones, si no cumpliese lo que me prometia; volvió á humedecer sus ojos y á acrecentar sus suspiros; apretóme más entre sus brazos, de los cuales jamas me habia dejado; y con esto, y con volverse á salir del aposento mi doncella, yo dejé de serlo, y él acabó de ser traidor y fementido (...). Díjele al partir á Don Fernando que por el mesmo camino de aquella podia verme otras noches, pues ya era suya,  hasta que cuando él quisiese aquel hecho se publicase; pero no vino otra alguna, sino fué la siguiente “.
D. Fernando jura casarse con Dorotea
(G. Doré)

En efecto, el hijo menor del duque faltó a sus promesas y pocos días después se corrió la noticia de que Don Fernando  se había casado con una doncella muy hermosa llamada Luscinda. Por este motivo Dorotea decidió vestirse de zagal y escapar a la montaña, si bien antes había ido en busca de Don Fernando y se había enterado de los problemas de él con Luscinda y de que se había pregonado que se recompensaría a quien lo hallare.

A la montaña le acompañó un criado, que quiso abusar por la fuerza de ella al ver que no correspondía a los amores que él le declaraba, razón por la que lo tiró por un derrumbadero  y no sabía si había muerto o no. Meses llevaba ya por aquellos lugares y había estado como zagal al servicio de un ganadero, que descubrió que era mujer y quiso hacer lo que el criado, por lo que Dorotea hubo de salir huyendo: “ y como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hallé derrumbadero ni barranco de donde despeñar y despenar al amo como le hallé para el criado; y así tuve por menor inconveniente dejalle y esconderme de nuevo entre estas asperezas, que probar con él mis fuerzas ó mis disculpas. Digo, pues, que me torné á emboscar, y á buscar donde sin impedimento alguno pudiese, con suspiros y lágrimas, rogar al cielo se duela de mi desventura, y me dé industria y favor para salir della, ó para dejar la vida entre estas soledades, sin que quede memoria desta triste, que tan sin culpa suya habrá dado materia para que de ella se hable y murmure en la suya y en las ajenas tierras “  (Capítulo XXVIII, 1ª parte).

Dorotea da con su criado bellaco por
un derrumbadero
(G. Doré)

Después Dorotea pide que le aconsejen dónde puede seguir su vida sin que la encuentren los que la buscan. Se produce entonces el reconocimiento entre Dorotea y Cardenio: “  ¿ tú eres la hermosa Dorotea, la hija única del rico Clenardo ? Admirada quedó Dorotea cuando oyó el nombre de su padre, y de ver cuán de poco era el que le nombraba  [con anterioridad en la obra había quedado reflejado el mal aspecto exterior de Cardenio] , y así le dijo:  ¿ Y quién sois vos, hermano, que así sabeis el nombre de mi padre ?  porque yo hasta ahora, si mal no me acuerdo, en todo el discurso del cuento  de mi desdicha no lo he nombrado. Soy, respondió Cardenio, aquel sin ventura que, según vos, señora, habeis dicho, Luscinda dijo que era su esposa: soy el desdichado Cardenio, á quien el mal término de aquel que á vos os ha puesto en el que estais, me ha traido á que me veais cual me veis, roto, desnudo, falto de todo humano consuelo, y lo que es peor de todo, falto de juicio, pues no le tengo sino cuando al cielo se le antoja dármele por algun breve espacio “ (Capítulo XXIX, 1ª parte).

Entonces Dorotea y Cardenio se ponen de acuerdo para volver cada uno con su pareja. Dorotea se ofrece a hacer de doncella menesterosa en lugar del barbero para hacer volver a Don Quijote a su aldea. El cura dice que se hará llamar la princesa Micomicona y que dirá a Don Quijote que va en su busca para que deshaga un agravio que le ha inferido un mal gigante. Todos hacen creer a Don Quijote que se dirigen al reino de Micomicón, lo que forzosamente les hará pasar por su aldea. Después Dorotea cuenta a todos su inventada historia como princesa Micomicona. Su padre era el rey Tinacrio el Sabidor y su madre la reina Jaramilla. Según había pronosticado su padre, el gigante Pandofilando de la Fosca Vista quería apoderarse del reino casándose con ella cuando fuese huérfana. Y su padre era el que a ella le había indicado que en España encontraría un caballero andante que la libraría del gigante (Capítulos XXIX y XXX, 1ª parte).

Solución del conflicto amoroso en la venta
(G. Doré)
Estando todos en la venta, allí llegaron varios caballeros cubiertos con antifaz (uno de ellos era don Fernando) y una dama con el rostro cubierto, que resultó ser Luscinda, la amada de Cardenio. Se produce un final feliz del problema planteado entre las dos parejas. La discreta Dorotea tuvo en ello una intervención decisiva ante Don Fernando: 
“ Si ya no es, señor mio, que los rayos deste sol que en tus brazos eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado de ver que la que á tus piés está arrodillada es la sin ventura, hasta que tú quieras, y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde, á quien tú, por tu bondad ó por tu gusto, quisiste levantar á la alteza de poder llamarse tuya: soy la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivió vida contenta hasta que á las voces de tus importunidades, y al parecer justos y amorosos sentimientos, abrió las puertas de su recato y te entregó las llaves de su libertad: dádiva de tí tan mal agradecida, cual lo muestra bien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verte yo á tí de la manera que te veo. Pero con todo esto, no querria que cayese en tu imaginación pensar que he venido aquí con pasos de mi deshonra, habiéndome traido sólo los del dolor y sentimiento de verme de tí olvidada. Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera, que aunque ahora quieras que no lo sea, no será posible que tú dejes de ser mio. Mira, señor mio, que puede ser recompensa á la hermosura y nobleza por quien me dejas la incomparable voluntad que te tengo; tú no puedes ser de la hermosa Luscinda, porque eres mio, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; y más fácil te será, si en ello miras, reducir tu voluntad á querer á quien te adora, que nó encaminar la que te aborrece á que bien te quiera. Tú solicitaste mi descuido, tú rogaste á mi entereza, tú no ignoraste mi calidad, tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu voluntad; no te queda lugar ni acogida de llamarte á engaño; y si esto es así, como lo es, y tú eres tan cristiano como caballero,  ¿ por qué por tantos rodeos dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en los principios ?  Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera y legítima esposa, quiéreme á lo ménos y admíteme por tu esclava; que como yo esté en tu poder, me tendré por dichosa y bien afortunada. No permitas, con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi deshonra: no dés tan mala vejez á mis padres, pues no lo merecen los leales servicios que como buenos vasallos á los tuyos siempre han hecho; y si te parece que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la mia, considera que pocas ó ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este camino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso en las ilustres descendencias: cuanto más, que la verdadera nobleza consiste en la virtud, y si esta á tí te falta, negándome lo que tan justamente me debes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú tienes. En fin, señor, lo que últimamente te digo es, que, quieras ó no quieras, yo soy tu esposa; testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, si ya es que te precias de aquello porque me desprecias: testigo será la firma que hiciste, y testigo el cielo á quien tú llamaste por testigo de lo que me prometias; y cuando todo esto falte, tu misma conciencia no ha de faltar de dar voces, callando, en mitad de tus alegrías, volviendo por esta verdad que te he dicho, y turbando tus mejores gustos y contentos “.

Calle Dorotea
El corazón de don Fernando se ablandó: 
“ Levantaos, señora mia, que no es justo que esté arrodillada á mis piés la que yo tengo en mi alma; y si hasta aquí no he dado muestras de lo que digo, quizá ha sido por órden del cielo, para que viendo yo en vos la fe con que me amais, os sepa estimar en lo que mereceis: lo que os ruego es que no me reprendais mi mal término y mi mucho descuido, pues la misma ocasión y fuerza que me movió para acetaros por mia, esa misma me impelió para procurar no ser vuestro: y que esto sea verdad, volved y mirad los ojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallareis disculpa de todos mis yerros; y pues ella halló y alcanzó lo que deseaba, y yo he hallado en vos lo que me cumple,  viva ella contenta y segura luengos y felices años con su Cardenio, que yo de rodillas rogaré al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea; y diciendo esto, la tornó á abrazar y á juntar su rostro con el suyo, con tan tierno sentimiento, que le fué necesario tener gran cuenta con que las lágrimas no acabasen de dar indubitables señas de su amor y arrepentimiento “  (Capítulo XXXVI, 1ª parte).     
 
                                  FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS


jueves, 16 de abril de 2015

CERVANTES Y EL QUIJOTE EN EL CALLEJERO DE CAMPO DE CRIPTANA (XXVI)

PASTORA MARCELA

En el encuentro con los cabreros, uno de ellos, Pedro, va contando a Don Quijote quién era Marcela. Su madre había muerto al darle la vida. Su padre era Guillermo “el Rico”. Una vez muertos sus progenitores, había quedado al cuidado de un sacerdote tío suyo.
 
Marcela era muy guapa y muchos jóvenes se habían enamorado de ella y la habían pedido en matrimonio a su tío, pero ella decía que por entonces no quería casarse. Un buen día decidió irse al campo, vestida de pastor, con zagalas del lugar para cuidar su propio ganado. Por ello, muchos se habían echado al campo como pastores, pero ella había mantenido su honestidad pese a la vida que había escogido. Los que andaban enamorados de ella se desesperaban y andaban lamentándose. Uno de ellos fue Grisóstomo, un hijodalgo rico, famoso pastor estudiante, que, enamorado de ella, había muerto.

Marcela, pastora (G. Doré)
Pedro el cabrero narraba esto al caballero manchego: “ puesto que no huye ni se esquiva de la compañía y conversación de los pastores, y los trata cortés y amigablemente, en llegando á descubrirle su intención cualquiera dellos, aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de sí como con un trabuco. Y con esta manera de condicion hace más daño en esta tierra, que si por ella entrara la pestilencia; porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones de los que la tratan á servirla y á amarla, pero su desden y desengaño los conduce á términos de desesperarse; y así no saben qué decirle, sino llamarla á voces cruel y desagradecida, con otros títulos á este semejantes, que bien la calidad de su condicion manifiestan: y si aquí estuviésedes, señor, algun dia, veríades resonar estas sierras y estos valles con los lamentos de los desengañados que la siguen. No está muy lejos de aquí un sitio donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela, y encima de alguna una corona grabada en el mesmo árbol, como si más claramente dijera su amante, que Marcela la lleva y la merece de toda la hermosura humana. Aquí sospira un pastor, allí se queja otro, acullá se oyen amorosas canciones, acá desesperadas endechas. Cual hay que pasa todas las horas de la noche sentado al pié de alguna encina ó peñasco, y allí, sin plegar los llorosos ojos, embebecido y transportado en sus pensamientos, le halló el sol á la mañana; y cual hay que, sin dar vado ni tregua á sus suspiros, en mitad del ardor de la más enfadosa siesta del verano, tendido sobre la ardiente arena, envia sus quejas al piadoso cielo: y deste y de aquel, y de aquellos y de estos, libre y desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela “  (Capítulo XII, 1ª parte).

En el entierro de Grisóstomo un amigo de éste, Ambrosio, se refiere a él y a Marcela. Caracteriza a Grisóstomo como “ único en el ingenio, solo en la cortesía, extremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo en todo lo que fué ser desdichado. Quiso bien, fué aborrecido; adoró, fué desdeñado; rogó á una fiera, importunó á un mármol, corrió tras el viento, dió voces á la soledad, sirvió á la ingratitud, de quien alcanzó por premio ser despojo de la muerte en la mitad de la carrera de su vida, á la cual dió fin una pastora á quien él procuraba eternizar, para que viviera en la memoria de las gentes “  (Capítulo XIII, 1ª parte).

El entierro de Grisóstomo
Como se ve, al tiempo que ensalza a Grisóstomo denigra a Marcela. La caracterización negativa de Marcela se manifiesta también en la “Canción de Grisóstomo”, que él mismo compuso antes de su muerte. Vivaldo, un caballero que asiste al entierro, lee públicamente esos versos y tras la lectura manifiesta que no concuerda lo que en ellos se dice de Marcela (por ejemplo, que se dedicaba a dar celos al enamorado de ella) con lo que él tenía oido de la pastora, es decir, que era una mujer recatada y bondadosa. Entonces el amigo de Grisóstomo confirma la buena fama de que gozaba Marcela y señala que lo que Grisóstomo exponía en los versos era producto de su propia imaginación: “ Para que, señor, os satisfagais de su duda, es bien que sepais que cuando este desdichado escribió esta canción estaba ausente de Marcela, de quien se habia ausentado por su voluntad, por ver si usaba con él la ausencia de sus ordinarios fueros; y como al enamorado ausente no hay cosa que no le fatigue ni temor que no le dé alcance, así le fatigaban á Grisóstomo los zelos imaginados y las sospechas temidas, como si fueran verdaderas; y con esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de Marcela; la cual, fuera de ser cruel y un poco arrogante y un mucho desdeñosa, la mesma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna “  (Capítulo XIV, 1ª parte).


Después de la lectura de los versos hizo acto de presencia Marcela encima de la peña en que se iba a enterrar a Grisóstomo y ante los presentes en el lugar se defiende: “ No vengo (...) sino á volver por mí misma, y á dar á entender cuán fuera de razon van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así ruego á todos los que aquí estais me esteis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad á los discretos, Hízome el cielo, segun vosotros decis, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos á otra cosa, á que me ameis os mueve mi hermosura; y por el amor que me mostrais, decis y áun quereis que esté yo obligada á amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razon de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso á amar á quien le ama; y más que podria acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir: quiérote por hermosa, hasme de amar aunque sea feo. Pero puesto caso que corran igualmente las hermosuras, nó por eso han de correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran, que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, seria un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habian de parar; porque siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habian de ser los deseos; y segun yo he oido decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y nó forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es,  ¿ por qué quereis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decis que me quereis bien ?  Sino, decidme:  ¿ si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades ?  Cuanto más que habeis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es el cielo me la dió de gracia, sin yo pedilla ni escogella; y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa, que la hermosura, en la mujer honesta, es como el fuego apartado, ó como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta á quien á ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y alma más adornan y hermosean, ¿ por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder á la intención de aquel que, por solo su gusto, con todas sus fuerzas é industrias procura que la pierda ?  Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos: con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura.  Fuego soy apartado, y espada puesta léjos. Á los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna á Grisóstomo, ni á otro alguno el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que ántes le mató su porfía que mi crueldad: y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada á corresponder á ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mia era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura: y si él con todo este desengaño quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento,     ¿ qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su  desatino ?  Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: mirad ahora si será razon que de su pena se me dé á mí la culpa. Quéjese el engañado, desespérese aquel á quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel á quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito. El cielo áun hasta ahora no ha querido que yo ame por destino; y el pensar que tengo de amar por elección, es excusado. Este general desengaño sirva á cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de zeloso ni desdichado, porque quien á nadie quiere á ninguno debe dar zelos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, no los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si á Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿ por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato ?  Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿ por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres ?  Yo, como sabeis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condicion, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco á nadie; no engaño á este, ni solicito aquel, ni buelo con uno, ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es á contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma á su morada primera “ (Capítulo XIV, 1ª parte).
Calle Pastora Marcela


 
Marcela volvió a la espesura del monte. Don Quijote, haciendo honor a su condición, se pronuncia en defensa de ella: “ pareciéndole que allí venia bien usar de su caballería, socorriendo á las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada, en altas é inteligibles voces dijo: Ninguna persona de cualquiera estado y condicion que sea se atreva á seguir á la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mia. Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca ó ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes; á cuya causa es justo que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive “ (Capítulo XIV, 1ª parte). Después Marcela fue dejada en paz y Don Quijote la buscó para ofrecerle sus servicios como caballero andante, pero no la encontró.

                            FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS


lunes, 13 de abril de 2015

CERVANTES Y EL QUIJOTE EN EL CALLEJERO DE CAMPO DE CRIPTANA (XXV)

GIGANTE BRIAREO



En la mitología griega Briareo era un gigante con cien brazos y cincuenta cabezas con bocas por las que arrojaba llamas. Hijo de Urano y de la Tierra, era conocdo también con el nombre de Egeo y, según la tradición, ayudó a Zeus en su lucha contra los Titanes.


Es mencionado en el Capítulo VIII de la 1ª parte cuando, en el transcurso de la aventura de los molinos de viento, al dirigirse Don Quijote hacia éstos - a los que confundía con gigantes - y levantarse viento, empezaron a moverse sus aspas. Don Quijote increpa y amenaza a los molinos diciéndoles que no les tiene miedo: “ él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oia las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; ántes iba diciendo en voces altas: Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron á moverse; lo cual visto por Don Quijote, dijo: Pues aunque movais más brazos que los del gigante Briareo, me lo habeis de pagar “.

Calle Gigante Briareo

EL ZURDO


En la venta de Juan Palomeque "El Zurdo"
Es el apodo de Juan Palomeque, dueño de la segunda venta, la que aparece en la novela entre los capítulos XV y XVII de la primera parte, venta en la que fue manteado Sancho Panza. Cuando éste,    “ marchito y desmayado, tanto, que no podia arrear á su jumento “ , llega hasta su amo, Don Quijote quiere hacerle creer que aquel castillo o venta estaba encantado y que los que habían participado en el manteamiento eran “ fantasmas y gente de otro mundo “. Sancho no está de acuerdo con él: “ tengo para mí que aquellos que se holgaron conmigo no eran fantasmas ni hombres encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de carne y hueso como nosotros, y todos, según los oí nombrar cuando me volteaban, tenian sus nombres, que el uno se llamaba Pedro Martinez, y el otro Tenorio Hernández, y el ventero oí que se llamaba Juan Palomeque el Zurdo “  (Capítulo XVIII, 1ª parte).


Calle El Zurdo
Este ventero es el que participa en la pelea nocturna que hubo en la venta con Maritornes como principal protagonista, en la que Don Quijote y Sancho Panza salieron muy malparados, y el que quiere cobrar al caballero andante, autotitulado deshacedor de agravios, sin conseguir su empeño: “ Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue ningun agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece cuando se me hacen: sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como de la cena y camas “ . Como Don Quijote trata de justificar el no pagar por el hecho de ser caballero andante, el ventero insiste: “ págueseme lo que se me debe, y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuenta con otra cosa que con cobrar mi hacienda “ . Don Quijote se marcha de la venta sin pagar y el ventero intenta que el escudero salde la deuda: “ El ventero, que le vió ir y que no le pagaba, acudió á cobrar de Sancho Panza; el cual dijo, que pues su señor no habia querido pagar, que tampoco él pagaria, porque siendo él escudero de caballero andante, como era, la mesma regla y razon corria por él como por su amo en no pagar cosa alguna en los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero, y amenazóle que si no le pagaba, que lo cobraria de modo que le pesase “. Es entonces cuando se produce el manteamiento de Sancho. El Zurdo trató de no salir perdiendo de aquel episodio: “ el ventero se quedó con sus alforjas, en pago de lo que se le debia; mas Sancho no las echó ménos, segun salió turbado “  (Capítulo XVII, 1ª parte).

  

PRINCESA URGANDA


Calle Princesa Urganda
Tras el prólogo y antes del Capítulo I de la primera parte, entre los poemas que inserta Cervantes hay uno, el primero, dirigido por Urganda al propio libro del ingenioso hidalgo. Se compone de décimas de “pie cortado” o “de cabo roto”, es decir, de versos interrumpidos a partir de la última sílaba acentuada, un recurso humorístico muy utilizado a principios del siglo XVII:




“ AL LIBRO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

URGANDA LA DESCONOCIDA

Si de llegarte á los bue-,
Libro, fueres con letu-,
No te dirá el boquiru-
Que no pones bien los de-;

Mas si el pan no se te cue-,
Por ir á manos de idio-,
Verás de manos á bo-
Áun no dar una en el cla--;
Si bien se comen las ma-
Por mostrar que son curio-.

Y pues la experiencia ense-
Que el que á buen árbol se arri-
Buena sombra le cobi-,
En Béjar tu buena estre-

Un árbol real te ofre-
Que da príncipes por fru-,
En el cual floreció un du-
Que es nuevo Alejandro Ma-;
Llega á su sombra, que á osa-
Favorece la fortu-.

De un noble hidalgo manche-
Contarás las aventu-,
Á quien ociosas letu-
Trastornaron la cabe-:

Damas, armas, caballe-
Le provocaron de mo-,
Que cual Orlando furio-,
Templado á lo enamora-,
Alcanzó á fuerza de bra-
Á Dulcinea del Tobo-.

Nó indiscretos hieroglí-
Estampes en el escu-;
Que cuando es todo figu-,
Con ruines puntos se envi-.

Si en la dirección te humi-,
No dirá mofante algu-:
¿ Qué don Álvaro de Lu-,
Qué Aníbal el de Carta-,
Qué rey Francisco en Espa-
Se queja de la fortu- ?

 Pues al cielo no le plu-
Que salieses tan ladi-
Como el negro Juan Lati-,
Hablar latines rehu-.

No me despuntes de agu-,
Ni me alegues con filo-;
Porque,, torciendo la bo-,
Dirá el que entiende la le-,
No un palmo de las ore-:
¿ Para qué conmigo flo- ?

No te metas en dibu-,
Ni en saber vidas aje-;
Que en lo que no va ni vie-,
Pasar de largo es cordu-:

Que suelen en caperu-
Darles á los que grace-;
Mas tú quémate las ce-
Sólo en cobrar buena fa-;
Que el que imprime neceda-
Dalas á censo perpe-.

Advierte que es desati-,
Siendo de vidrio el teja-,
Tomar piedras en las ma-
Para tirar al veci-.

Dejar que el hombre de jui-,
En las obras que compo-,
Se vaya con piés de plo-;
Que el que saca á luz pape-
Para entretener donce-,
Escribe á tontas y á lo-. “

  
Urganda  es una maga protectora de Amadís de Gaula, libro en el que  es llamada “Urganda la desconocida” en relación con la frecuencia con que se transformaba. Figura en el relato cervantino como una sabia capaz de curar. Es citada por primera vez por Don Quijote en el Capítulo V de la primera parte, al volver a su aldea malherido tras su primera salida y desear ser curado: “ Ténganse todos, que vengo mal ferido, por la culpa de mi caballo: llévenme á mi lecho, y llámese, si fuere posible, á la sabia Urganda, que cure y cate de mis feridas “ .

Calle Princesa Urganda
También es citada cuando, sometido Don Quijote a la broma pesada urdida en la venta por Maritornes y la hija del ventero (estaba suspendido de una cuerda en una ventana enrejada), la invoca para que le ayude: “ Allí fué el desear de la espada de Amadis, contra quien no tenia fuerza encantamento alguno; allí fué el maldecir de su fortuna; allí fué el exagerar la falta que haria en el mundo su presencia el tiempo que allí estuviese encantado, que sin duda alguna se habia creido que lo estaba; allí el acordarse de nuevo de su querida Dulcinea del Toboso; allí fué el llamar á su buen escudero Sancho Panza, que sepultado en sueño y tendido sobre el albarda de su jumento, no se acordaba en aquel instante de la madre que lo habia parido; allí llamó á los sabios Lirgandeo y Alquife, que le ayudasen; allí invocó á su buena amiga Urganda, que le socorriese “  (Capítulo XLIII, 1ª parte).

El citado Alquife es reseñado en el Capítulo XXXIV de la segunda parte como “ grande amigo de Urganda “ , cuando Don Quijote y Sancho Panza están con los duques, en el transcurso de una de las burlas a que son sometidos. Es, en la ficción literaria, esposo de Urganda; se lo puede encontrar en el ciclo de los Amadises y es supuesto autor del Amadís de Grecia. En el Capítulo V de la primera parte es denominado sabio Esquife, al que, según cuenta la sobrina de Don Quijote, éste le atribuía a veces la autoría de una bebida tranquilizadora, en realidad agua fría.

               FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS











sábado, 11 de abril de 2015

CERVANTES Y EL QUIJOTE EN EL CALLEJERO DE CAMPO DE CRIPTANA (XXIV)

LA VENTA

Tras la primera salida de Don Quijote, cuenta Cervantes que “ anduvo todo aquel dia, y al anochecer su rocin y él se hallaron cansados y muertos de hambre; (...) mirando á todas partes, por ver si descubriria algun castillo ó alguna majada de pastores donde recogerse, y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vió, no léjos del camino por donde iba, una venta, que fué como si viera una estrella que á los portales, si nó á los alcázares, de su redención le encaminaba “  .

Junto a la puerta de la venta había “ dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban á Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron á hacer jornada “. Don Quijote imaginó que aquello era un castillo, “ con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava “. Las dos mozas “ le parecieron dos hermosas doncellas ó dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando “.

Allí cenó Don Quijote, pero echó de menos “ no verse armado caballero, por parecerle que no se podria poner legítimamente en aventura alguna sin recebir la órden de caballería “ (Capítulo II, 1ª parte).

Calle La Venta
En la venta fue, pues, armado caballero. Primero veló las armas por la noche en el patio, lo que ya dio lugar a un grave incidente, pues habiendo dejado las armas Don Quijote sobre la pila del pozo, dos arrieros que fueron a dar agua a sus recuas de mulas, las apartaron, lo que motivó que el hidalgo los dejara malheridos, y entonces los “compañeros de los heridos, que tales los vieron, comenzaron desde léjos á llover piedras sobre Don Quijote, el cual lo mejor que podia se reparaba con su adarga, y no se osaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les habia dicho como era loco, y que por loco se libraria, aunque los matase á todos.

Tambien Don Quijote las daba mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor del castillo era un follon y mal nacido caballero, pues de tal manera consentia que se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recebido la órden de caballería, que él le diera á entender su alevosía: pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno. Tirad, llegad, venid, y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros vereis el pago que llevais de vuestra sandez y demasía. Decia esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los que le acometian: y así por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron de tirar y él dejó retirar á los heridos, y tornó á la vela de sus armas con la misma quietud y sosiego que 
primero “.

El ventero, al ver cómo se desarrollaban los hechos, decidió acabar cuanto antes y “armarlo caballero”: “ trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba á los arrieros, y con un cabo de vela que le traia un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde Don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas, y leyendo en su manual, como que decia alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó la mano, y dióle sobre el cuello un buen golpe, y tras él con su mesma espada un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fué menester poca para no reventar de risa á cada punto de las ceremonias; pero las proezas que ya habian visto del novel caballero les tenian la risa á raya “  (Capítulo III, 1ª parte).

Una nueva venta aparece en la obra, en el capítulo XV, después de la aventura con los yangüeses. En ella servía Maritornes, “una moza asturiana, ancha de cara, llena de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta, y del otro no muy sana: verdad es que la gallardía del cuerpo suplia las demas faltas: no tenia siete palmos de los piés á la cabeza, y las espaldas, que algun tanto le cargaban, la hacian mirar al suelo más de lo que ella quisiera “. En esta venta, que Don Quijote también confunde con un castillo, fueron curados caballero y escudero de los golpes recibidos en el encuentro con los yangüeses y allí también fueron vapuleados como resultado de la confusión derivada de la cita que habían concertado Maritornes y un arriero de Arévalo (Capítulo XVI, 1ª parte).

 
Allí es donde Don Quijote elabora el bálsamo de Fierabrás, que habría de reponerles de todos los golpes sufridos por uno y otro: “ levántate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide desta fortaleza, y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero para hacer el salutífero bálsamo (...). El ventero le proveyó de cuanto quiso, y Sancho se lo llevó á Don Quijote (...) él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto, mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció que estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo, y como no la hubo en la venta, se resolvió de ponello en una alcuza ó aceitera de hoja de lata, de quien el ventero le hizo grata donación; y luego dijo sobre la alcuza más de ochenta paternostres, y otras tantas avemarías, salves y credos, y á cada palabra acompañaba una cruz, á modo de bendición “.

Caballero y escudero lo tomaron y a ambos les sentó fatal. Primero bebió Don Quijote: “ apenas lo acabó de beber, cuando comenzó á vomitar, de manera que no le quedó cosa en el estómago; y con las ansias y agitación del vómito le dió un sudor copiosísimo “ , si bien luego pareció arreglársele el cuerpo. 
“ Sancho Panza, que tambien tuvo á milagro la mejoría de su amo, le rogó que le diese á él lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad. Concedióselo Don Quijote, y él, tomándola á dos manos, con buena fe y mejor talante se la echó á pechos, y envasó bien poco ménos que su amo. Es, pues, el caso, que el estómago del pobre Sancho no debia de ser tan delicado como el de su amo; y así, primero que vomitase, le dieron tantas ansias y bascas, con tantos trasudores y desmayos, que él pensó bien y verdaderamente que era llegada su última hora; y viéndose tan afligido y congojado, maldecia el bálsamo y al ladron que se lo habia dado “.

Don Quijote le dice que eso es para caballeros y no para gente como él: “ En esto hizo su operación el brebaje, y comenzó el pobre escudero á desaguarse por entrambas canales, con tanta priesa, que la estera de enea, sobre quien se habia vuelto á echar, ni la manta de angeo con que se cubria, fueron más de provecho: sudaba y trasudaba, con tales parasismos y accidentes, que no solamente él, sino todos pensaron que se le acababa la vida: duróle esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las cuales no quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado, que no se podia tener “.

Don Quijote decide salir de la venta para deshacer entuertos por el mundo y entonces se produce otro episodio curioso en relación con el pago de la deuda contraída en la venta. Como el caballero dijera al ventero si tenía algún agravio que alguien le hubiera hecho, éste dice: “ Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue ningun agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece cuando se me hacen: sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como de la cena y  camas “ .

Es entonces cuando Don Quijote cae en la cuenta de que aquello no era castillo, sino venta, por lo que no debe pagar nada: “ ¿ Luego venta es esta ? (...) Engañado he vivido hasta aquí, respondió Don Quijote, que en verdad que pensé que era castillo, y nó malo; pero pues es así que no es castillo sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdoneis por la paga, que yo no puedo contravenir á la órden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto (sin que hasta ahora haya leido cosa en contrario) que jamas pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere, en pago del insufrible trabajo que padecen, buscando las aventuras de noche y de dia, en invierno y en verano, á pié y á caballo, con sed y con hambre, con calor y con frio, sujetos á todas las inclemencias del cielo y á todos los incomodos de la tierra “.

Y ante la insistencia del ventero en querer cobrar, Don Quijote se marchó de la venta: “ Vos sois un sandio y mal hostelero, respondió Don Quijote; y poniendo piernas á Rocinante, y terciando su lanzon, se salió de la venta, sin que nadie le detuviese; y él, sin mirar si le seguia su escudero, se alongó un buen trecho “  .

Es entonces cuando se produce el manteo de Sancho Panza tras negarse éste a pagar como buen escudero de un caballero andante: “ Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que entre la gente que estaba en la venta se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de Córdoba, y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien intencionada, maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados y movidos de un mesmo espíritu, se llegaron á Sancho, y apeándole del asno, uno dellos entró por la manta de la cama del huésped, y echándole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habian menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenia por límite el cielo; y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron á levantarle en alto, y á holgarse con él, como con perro por carnestolendas “. Sancho, bastante molido después del manteo, pudo salir de la venta, pero el ventero se quedó con sus alforjas a cambio de lo que se le debía, de lo cual Sancho no se dio cuenta tal como iba (Capítulo XVII, 1ª parte).

Esta segunda venta vuelve a salir en la obra dos veces. Una de ellas cuando al dirigirse Sancho a El Toboso por mandato de Don Quijote con una carta para Dulcinea, llega hasta ella. Tiene hambre pero duda qué hacer: “ en saliendo al camino real se puso en busca del del Toboso, y otro dia llegó á la venta donde le habia sucedido la desgracia de la manta; y no la hubo bien visto, cuando le pareció que otra vez andaba en los aires, y no quiso entrar dentro, aunque llegó á hora que lo pudiera y debiera hacer, por ser la del comer, y llevar en deseo de gustar algo caliente, que habia grandes dias que todo era fiambre. Esta necesidad le forzó á que llegase junto á la venta todavía dudoso si entraria ó nó . Por suerte para él, mientras se decidía, salieron de la venta el cura y el barbero, que le sacó comida (Capítulo XXVI, 1ª parte ).

Cuando todos vuelven desde Sierra Morena al pueblo de Don Quijote, de nuevo pasan por esa venta, en la que se suceden una serie de hechos, empezando por la lectura que hace el cura de la novela “El curioso impertinente”, lectura interrumpida hacia su final por las voces de Sancho Panza: “ Acudid, señores, presto, y socorred á mi señor, que anda envuelto en la más reñida y trabada batalla que mis ojos han visto: vive Dios, que ha dado una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que le ha tajado la cabeza cercen á cercen, como si fuera un nabo “. Se oía a Don Quijote decir: “ tente, ladron, malandrin, follon, que aquí te tengo y no te ha de valer tu cimitarra “. Sancho intervino para indicar:  “ No tienen que pararse á escuchar, sino entren á despartir la pelea, ó á ayudar á mi amo; aunque ya no será menester, porque sin duda alguna el gigante está ya muerto, y dando cuenta á Dios de su pasada y mala vida, que yo ví correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y caida á un lado, que es tamaña como un gran cuero de vino “.

En efecto, se trata de la aventura de los pellejos de vino, confundidos por Don Quijote con un gigante. La reacción del ventero es comprensible: “ Que me maten (...) si Don Quijote ó don diablo no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que á su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre “.

El aspecto que presentaba Don Quijote era desternillante: “ Estaba en camisa, la cual no era tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrás tenia seis dedos ménos: las piernas eran muy largas y flacas, llenas de vello y no nada limpias: tenia en la cabeza un bonetillo colorado grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tenia revuelta la manta de la cama con quien tenia ojeriza Sancho, y él se sabia bien el porqué, y en la derecha desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas á todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente estuviera peleando con algun gigante: y es lo bueno, que no tenia los ojos abiertos, porque estaba durmiendo, y soñando que estaba en batalla con el gigante; que fué tan intensa la imaginación de la aventura que iba á fenecer, que le hizo soñar que ya habia legado al reino de Micomicon, y que ya estaba en la pelea con su enemigo; y habia dado tantas cuchilladas en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento estaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo, que arremetió con don Quijote, y á puño cerrado le comenzó á dar tantos golpes, que si Cardenio y el cura no se le quitaran, él acabara la guerra del gigante: y con todo aquello no despertaba el pobre caballero, hasta que el barbero trujo un gran caldero de agua fria del pozo, y se le echó por todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó Don Quijote, mas nó con tanto acuerdo que echase de ver de la manera que estaba “  (Capítulo XXXV, 1ª parte). Todos reían menos, como es natural, el ventero y la ventera, que querían cobrar el importe de los desperfectos causados. Una vez vuelto a dormir Don Quijote, su amigo el cura fue el encargado de aquietar los ánimos de éstos y prometió reparar los gastos.

Hasta el Capítulo XLVII no se produce la salida de la venta, por lo que transcurre el tiempo necesario para que tengan lugar una buena serie de hechos. Uno es el encuentro y reconciliación entre Dorotea y Don Fernando, así como el volver a estar juntos Cardenio y Luscinda. Se cuenta también la historia de la mora que se va a bautizar, Lela Zoraida. Don Quijote lanza su discurso de las armas y las letras. Se relata la historia del mozo de mulas, en realidad disfraz adoptado por un caballero enamorado de una de las damas que había llegado a la venta y a la que iba siguiendo. Allí se produce la burla a don Quijote protagonizada por la hija del ventero y Maritornes. Hasta la venta llega el barbero a quien Don Quijote había arrebatado su bacía asegurando que era el Yelmo de Mambrino.

A ella llegan también unos cuadrilleros de la Santa Hermandad que, entre los encargos de detención de delincuentes que llevaban, tenían el de apresar a Don Quijote por haber liberado a los galeotes. Ante tal situación Don Quijote no se arredró: “ Venid acá, gente soez y mal nacida, ¿ saltear de caminos llamais al dar libertad á los encadenados, soltar los presos, acorrer á los miserables, alzar los caidos, remediar los menesterosos ?  ¡ Ah gente infame. digna por vuestro bajo y vil entendimiento que el cielo no os comunique el valor que se encierra en la caballería andante, ni os dé á entender el pecado é ignorancia en que estais, en no reverenciar la sombra, cuanto más la asistencia de cualquier caballero andante ! Venid acá, ladrones en cuadrilla, que nó cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad, decidme ¿ quién fué el ignorante que firmó mandamiento de prision contra un tal caballero como yo soy ?  ¿ quién fué el que ignoró que son exentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que su ley es su espada, sus fueros sus bríos, sus premáticas su voluntad ?  ¿ quién fué el mentecato, vuelvo á decir, que no sabe que no hay ejecutoria de hidalgo con tantas preeminencias ni exenciones como la que adquiere un caballero andante el dia que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de la   caballería ?  ¿ Qué caballero andante pagó pecho, alcabala, chapin de la reina, moneda forera, portazgo ni barca ?  ¿ qué sastre le llevó hechura de vestido que le hiciese ?  ¿ qué castellano le acogió en su castillo que le hiciese pagar el escote ?  ¿ qué rey no le asentó á su mesa ?  ¿ qué doncella no se le aficionó y se le entregó rendida á todo su talante y voluntad ? Y finalmente  ¿ qué caballero andante ha habido, hay ni habrá en el mundo que no tenga bríos para dar él solo cuatrocientos palos á cuatrocientos cuadrilleros que se le pongan delante ? “ (Capítulo XLV, 1ª parte).  La aventura no acabó mal gracias a que los cuadrilleros terminaron por convencerse de la verdad de las locuras de Don Quijote.

En el capítulo XLVI urden el cura y demás personas y caballeros que hay en la venta un plan para hacer volver a Don Quijote a su pueblo: meterlo en una jaula hecha de palos y trasladarlo así sobre una carreta de bueyes, haciéndole creer que todo es producto de encantamiento. Previamente a la salida de la venta, las disputas pendientes quedan solucionadas: la del barbero de la bacía con Sancho por el aparejo del asno, que concluye con el intercambio de las albardas, y la del “Yelmo de Mambrino”; y lo que debe Don Quijote al ventero es pagado por uno de los caballeros, Don Fernando. La comitiva acompañante de don Quijote estaba formada por unos cuadrilleros de la Santa Hermandad, Sancho Panza, el cura y el barbero.

En el Capítulo XXIV de la segunda parte aparece una tercera venta, situada cerca de una ermita, después de haber estado Don Quijote en la cueva de Montesinos. Al final de dicho capítulo Sancho se muestra satisfecho por el hecho de que Don Quijote “ la juzgó por verdadera venta, y nó por castillo, como solia “.

En el Capítulo XXV se presenta en la venta Maese Pedro con su retablo. Maese Pedro era un titiritero que iba de un lado para otro con un retablo de marionetas en el que contaba la historia de Melisendra y Gaiferos, y que tenía un mono que adivinaba las respuestas, mejor casi todas, a las preguntas que la gente le hacía; dos reales cobraba por cada respuesta: el amo respondía por el mono, que supuestamente susurraba al oído de su amo la contestación. El titiritero era en realidad, según se refiere en el Capítulo XXVII, Ginés de Pasamonte, que se hacía pasar por otra persona para no verse obligado a rendir cuentas ante la justicia.

En el Capítulo XXVI Don Quijote y Sancho abandonan la venta, después de haber ocurrido el desaguisado, que pagó religiosamente, causado por don Quijote en el teatrillo o retablo de marionetas al confundir la aventura narrada por los titiriteros con la realidad. Dicha aventura era el rescate de manos sarracenas de Melisendra por su marido Gaiferos, y la persecución iniciada por los moros zaragozanos sobre ellos. Don Quijote cree ayudarles atacando las figuras de los moros, lo que produce la destrucción del retablo.

En el capítulo LIX nos encontramos con una nueva venta, la cuarta. A ella llegan Don Quijote y Sancho cuando, después de haber abandonado el palacio de los duques, van hacia Zaragoza. En ella se encuentran con dos caballeros que tienen la apócrifa segunda parte de El Quijote. Abandonan la venta al final de este capítulo, pero antes Don Quijote decide no pasar por Zaragoza para demostrar que el autor apócrifo mentía, y por sugerencia de uno de los caballeros decide ir hacia Barcelona, donde también se celebrarán unas justas caballerescas.


                     FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS