jueves, 23 de abril de 2020

EN TIEMPOS DE PANDEMIA Y CONFINAMIENTO, UNA MIRADA PARCIAL A NUESTRO PARTICULAR PASADO SANITARIO (IV)


En 1854 el cólera, como se ha visto, solo amagó pero en 1855 invadió el pueblo. El 10 de septiembre se habían producido ya dos casos de enfermos por esa causa. Fue estallar la epidemia y comenzar la huida hacia lugar seguro – casas de campo, por ejemplo – por parte de quienes tenían medios para ello. Ya en la sesión municipal del 24 de septiembre se señaló que la mayor parte de propietarios de terrenos que ocupaba el ferrocarril - precisamente entre ellos algunos de los más ricos de la localidad - estaban ausentes por la invasión del cólera. Por cierto, debe aclararse que el tren empezó a circular por nuestro término el 18 de marzo de ese año.


La ermita de la Virgen de Criptana,
lazareto en 1855

Al respecto un tal Evaristo Pérez por esos días había enviado un escrito al Gobernador de la provincia en el que ponía en su conocimiento que apenas aparecer el cólera en Campo de Criptana se retiraron a sus casas de campo los poderosos. Especificaba el informante que el primero que lo hizo fue el alcalde, Francisco Vicente Salcedo, y después otros: el que hacía de 2º, Juan José Granero, el regidor José Pulpón y el Síndico 2º Ramón Pulpón, introduciendo – decía Evaristo – “con tan irreprimible conducta (...) el temor y desaliento en este desgraciado vecindario”. Continuaba en su escrito apuntando que si no hubiera sido por el nuevo alcalde                – recuérdese lo que indiqué en el capítulo anterior sobre los cambios de aquel Bienio -, Gregorio Baíllo, por los otros pocos concejales, por algunos particulares como Dionisio Leal y el cura Fidel Alarcos “... sabe Dios lo que sucedería en el pueblo”.


Como es lógico, el Gobernador pidió al Ayuntamiento un informe sobre la denuncia recibida. El 27 de octubre se le contestó lo siguiente, minimizando en parte la posible gravedad de lo ocurrido:
. Era cierto que algunas familias, entre ellas bastantes incluidas en la categoría de mayores contribuyentes, se habían retirado al campo por temor al cólera, que seguía en esa fecha dándose en el pueblo.
. También era cierto que antes de irse habían ofrecido sus casas y recursos para lo que hiciera falta, además de que habían participado en el repartimiento hecho.
. El alcalde Salcedo se había retirado al campo tras la licencia concedida por el Gobernador para restablecer su salud.
. Los otros tres citados también estaban delicados de salud y tuvieron miedo de ser afectados por el cólera, y se precisaba que estaban a distancia de un cuarto de legua del pueblo.
. Manuel Calonge, otro regidor que había caído enfermo, se había marchado a Madrid por consejo médico.
. Si el pueblo estaba atemorizado era porque nunca había sufrido calamidad semejante.
. Se habían ausentado vecinos de todas clases.
. La ausencia de algunas autoridades no había supuesto ningún perjuicio pues las instituciones seguían funcionando y además los eclesiásticos estaban colaborando.
. Había suficiente cantidad de todo lo preciso, incluidos enfermeros y enterradores.
. Y sobre el autor del escrito de denuncia – que cabe pensar que muy probablemente utilizó nombre y apellido falsos  -  decía la Corporación que era desconocido en el pueblo y que parecía haberse propuesto algo nada noble, es decir, “desconceptuar” a una serie de personas.


Dr.  Jaume Ferran i Clua
 descubridor de una vacuna anticolérica
unas décadas después

Alguna medida de carácter social tomaron las autoridades. No hay que olvidar que la pobreza, de por sí, estaba bastante extendida; por ejemplo, en agosto de 1854 el número oficial de pobres de Campo de Criptana era de 867 sobre una población total de unos 5.300 habitantes. Las difíciles condiciones de subsistencia se agravaban ante cualquier problema puntual como el que nos ocupa. Por la falta de trabajo consecuencia de los temporales (en febrero y en octubre de 1855 las lluvias fueron abundantes y persistentes) y de la epidemia, lo que derivó en el hecho de que había no pocas familias indigentes que no tenían de qué alimentarse, lo que las exponía aún más a la enfermedad, el Ayuntamiento pensó en que esas personas podrían recoger bellota del Monte Viejo, que por entonces – aunque no por mucho tiempo – era de titularidad pública y formaba parte de los bienes de Propios municipales; eso sí, no de gratis sino pagando a cambio cuatro cuartos al Ayuntamiento cada persona que hiciera esa recogida.

Dos meses se prolongó la epidemia, entre el 9 de septiembre y el 4 de noviembre, con el siguiente balance:
. Enfermaron 274 personas, de las que murieron 149 (algo más del 54%).
. Por sexos, la enfermedad había alcanzado a 109 hombres y 175 mujeres, el 39,8% y el 60,2 % del total respectivamente; el 13,5 % del conjunto eran niños y niñas.
. De los fallecidos, el 41,6 % eran hombres y el 58,4% mujeres; los niños y niñas (incluidos también en los porcentajes de hombres y mujeres)  fueron el 20,1% del total.
Una de las personas fallecidas fue D. Juan Bautista Olmedo, administrador del Hospital de San Bartolomé.
. Calles destacadas por el número de enfermos:
Villargordo, 8
Cuevas, 7
Concepción, 6
Pozo Hondo, 5
Convento, 5
Rodadero, 4
Santa Ana, 4
Rinconada de Santa Ana, 4
Cebolla (hoy, Espada), 4
San Sebastián, 4
Amargura, 4
. Calles destacadas por el número de muertes:
Villargordo, 6
Pozo Hondo, 4
Rinconada de Santa Ana, 4
Cuevas, 4
Convento, 3
Amargura, 3

Para valorar adecuadamente el número de fallecimientos conviene saber que la media anual de muertos entre los años 1846 y 1852, de los que se tienen datos completos, fue de 159 personas, lo que quiere decir que en los citados dos meses de 1855 la cifra de muertos por cólera fue muy cercana a la que venía siendo normal por el conjunto de enfermedades en un año, lo que da idea de la magnitud del desastre demográfico causado por aquella oleada epidémica, que, en relación con la cantidad de población total de Campo de Criptana, calculada por lo bajo para 1855 en torno a 5.700 habitantes, se llevó por delante al 2,6% de la población total; en definitiva, y expresado de otra forma, algo así como si en el año 2020 durante dos meses en nuestro pueblo fallecieran diariamente de media cinco o seis personas.

La antigua ermita de San Sebastián,
señalada con el nº 17 en el Plano de 1911.

En ese año parece que la ermita de San Sebastián, o su terreno aledaño, sirvió como camposanto de parte de las víctimas de la epidemia, y como lazaretos, aparte de las dependencias de las ermitas del Cristo de Villajos y de la Virgen de Criptana también se utilizó la torre de la iglesia parroquial.

La torre de la vieja iglesia parroquial

El 5 de noviembre se constató que el cólera había desaparecido de nuestra villa y por ello habían vuelto a ella los llamados peritos repartidores (las personas que eran nombradas por el Ayuntamiento para asignar a cada contribuyente incluido en los repartimientos la cuota a      pagar), que como bastantes otros vecinos habían abandonado el pueblo unos dos meses antes. Más adelante, por aquello de los gastos ocasionados por la epidemia, el 19 de noviembre el Ayuntamiento acordó dirigir un escrito al Ministro de la Gobernación en el que se le pedía dinero de los fondos destinados por el Estado para combatirla, dinero con el que se podría devolver lo tomado anteriormente de otros fondos pertenecientes al propio Ayuntamiento.

 FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS
                                                 
                                                          (continuará)

martes, 21 de abril de 2020

EN TIEMPOS DE PANDEMIA Y CONFINAMIENTO, UNA MIRADA PARCIAL A NUESTRO PARTICULAR PASADO SANITARIO (III)



No solo el cólera provocaba la creación de lazaretos. En agosto de 1846 había dos o tres vecinos que padecían viruela, de la que se habían contagiado en Tomelloso. Para acoger a ellos y a cualquier criptanense procedente de cualquier otro pueblo que padeciera la misma enfermedad se estableció un lazareto en la ermita de la Concepción, en la que se les proporcionaría cuantos auxilios y medicinas necesitasen; en el caso de no tener bienes para sufragar los gastos sobrevenidos de su estancia se utilizarían con ese fin fondos de la Junta de Beneficencia, creada en 1832. Como norma, solo los médicos podrían entrar en el lazareto y los alimentos y medicinas serían suministrados a los contagiados por las personas que esa Junta decidiese.

Ermita de la Concepción

Con motivo de la oleada de cólera de mediados de ese siglo, se fueron adoptando medidas preventivas. Algunas tenían que ver con la limpieza y la desinfección, tales como la prohibición – 28 de agosto de 1854 – de depositar basuras de todo tipo por las calles o en torno de edificios como el Pósito, y la recomendación – 1 de septiembre - de enjalbegar las fachadas y limpiar las casas. El día 6 de ese mes el Ayuntamiento ordenó que los veterinarios vigilaran el degüello de reses, y recomendó que, para purificar la atmósfera, los vecinos por la noche quemaran en las calles espliego, romero, tomillo, etc.; por otra parte, para impedir la entrada al pueblo de personas procedentes de pueblos contagiados o sospechosos de estarlo, se nombró a 66 vecinos para que, divididos en las categorías de Jefes, Cabos y Fuerza, se turnaran en la vigilancia de las puertas de la villa, situadas en la Plaza del Pozo Hondo y en las calles Cerca de los Frailes (el tramo de la calle Castillo entre las calles Convento y Concepción), Concepción, Corrales (Paloma), Monte, Convento, Tercia, Lerino, Huertas (calle Reina Cristina entre calles Tercia y Castillo) y Castillo. También se acordó establecer una casa de socorro en algunas de las dependencias del extinto Convento, habilitando para ello dos habitaciones, cada una con seis camas.

También, cómo no, se recurrió a implorar la protección divina. Ante el hecho de que en Mota del Cuervo había personas enfermas debido al cólera, el 8 de septiembre el Ayuntamiento criptanense acordó traer al pueblo las imágenes del Cristo de Villajos y de la Virgen de Criptana para hacer rogativas, que comenzaron el día 12; a las rogativas deberían asistir las cofradías y representantes de las ermitas con sus imágenes y estandartes. Además, aunque nuestra villa en esos días estaba libre de la epidemia, pero dada la cercanía de las fiestas celebradas anualmente en honor del Cristo de Villajos, que tendrían lugar en el pueblo el domingo día 17 y en su ermita el domingo 24 (la Octava), el Ayuntamiento decidió aplazarlas al 15 de octubre para evitar contagios pues afluían habitualmente muchos forasteros a disfrutar de la feria cada año.

Ermita del Cristo de Villajos (1886),
punto de concurrencia de muchos devotos
de la comarca

Entretanto se habían ido añadiendo medidas preventivas, una de las cuales tuvo como escenario las dependencias del antiguo Convento, en las que ya hacía unos años que no había frailes. En parte de ellas se habían ubicado escuelas y ocurría que las basuras de todo tipo iban a parar a un patio interior al no tener un espacio exterior descubierto – un corral – por lo que podría darse un foco insano muy perjudicial más aún cuando por entonces en parte de las citadas dependencias se estaba habilitando un hospital – la casa de socorro citada - destinado a acoger a posibles víctimas del cólera. Por ello y con el fin de poder disponer allí de un terreno adecuado para basurero en la sesión del Ayuntamiento del 23 de septiembre se dio cuenta de las gestiones que se estaban haciendo con la viuda de D. León Morán para comprarle una parte de su propiedad contigua a la actual calle Castillo y al propio Convento (donde ahora está la Casa de la Juventud), terreno, por cierto que había pertenecido al Convento y su comunidad de carmelitas descalzos y que había sido enajenado tras la desamortización de bienes de instituciones religiosas decretada en 1836 y adquirido por Dionisio López, padre de la viuda de Morán.

El terreno de los espacios 10, 11 y 12, lindante
con la calle Castillo (calle Cerca de los Frailes
en 1854 en ese sector) fue el adquirido
a la viuda de León Morán


Otra medida preventiva tomada por el Ayuntamiento, en consonancia con el deseo de la Junta de Sanidad de eliminar focos infecciosos, tuvo el objetivo de eliminar uno que había alrededor del Pósito, para lo que los contrafuertes que había  – y hay – en dos de las fachadas del edificio quedaran cerrados por sendos muros dado que había quienes tenían la mala costumbre de arrojar basuras en los espacios que había entre ellos.

El Pósito antes de su restauración.
Restos del muro construido (1854) entre
los contrafuertes
de la fachada occidental
(la puerta se abrió  en el siglo XX).
En la imagen siguiente, muro entre
los contrafuertes
de la fachada meridional 



Hacer frente al temido cólera suponía hacer un gasto extraordinario, razón por la que el 18 de septiembre de 1854 se tomó el acuerdo de pedir permiso a la Diputación provincial para coger fondos del Pósito si llegase a hacer falta. Cuatro días después, cuando el cólera no solo afectaba a Mota sino también a Villarrobledo y otras poblaciones cercanas, se propuso a la Diputación vender 60 fanegas de trigo del Pósito para disponer de dinero con que ir afrontando gastos.

A pesar de las medidas que se habían ido arbitrando, a cuyo gasto se había hecho frente vendiendo, en total, 200 fanegas del trigo almacenado en el Pósito, se puso de manifiesto el 17 de noviembre que dos personas habían enfermado de cólera, pero siendo evidente que se había evitado la propagación del mal y teniendo en cuenta que los pueblos cercanos ya estaban libres de la enfermedad, el día 24 la Corporación acordó celebrar una función religiosa como acción de gracias a nuestros Patronos.

Mas pasaron unos meses y de nuevo cambió el panorama. El 20 de mayo de 1855 el Ayuntamiento se hizo eco de la reaparición del cólera en Madrid coincidiendo con la llegada de los primeros calores, y consecuentemente se puso en marcha la maquinaria preventiva y la previsión de gastos y cómo sufragarlos. Para gastos en relación con la prevención se acordó que el dinero se allegaría de los mayores contribuyentes por territorial e industria, concretamente los que tuvieran cuota superior a 300 reales, que recobrarían su aportación a cargo de los fondos del Pósito una vez que esta institución hubiese ingresado en agosto y septiembre las cantidades procedentes de los préstamos anuales hechos a los agricultores.

El 12 de julio, cuando ya varios pueblos de la provincia de Ciudad Real, algunos muy cercanos al nuestro, estaban infectados, el Ayuntamiento acordó impedir la entrada de gentes de fuera hasta que no hubieran pasado la cuarentena, eso sí, prestándoles los auxilios que necesitasen, y también cercar la villa y poner guardias en las entradas. Al día siguiente se sabía que el cólera se había hecho presente en Alcázar y de nuevo se decidió traer desde sus ermitas las imágenes del Cristo de Villajos y de la Virgen de Criptana para practicar de nuevo rogativas durante nueve días. 


Una de tantas procesiones de rogativas
(Orellana la Vieja, Badajoz, c. 1920)

En otro orden de cosas eran esos años (1854-1856) un tiempo de cambios políticos – el llamado Bienio Progresista -, con la intervención del ejército en primer plano de la vida nacional, y el Ayuntamiento supo el día 20 que desde Granada venía tropa con destino al pueblo, el Batallón de Cazadores de Madrid, que por miedo al contagio de los criptanenses habría de acuertelarse fuera del casco urbano, concretamente en la ermita y Cerro de la Virgen Criptana; esta novedad implicaba sumar un nuevo gasto para abastecer a esa unidad de pan, leña y aceite, para lo que se decidió echar mano de las existencias dinerarias del Pósito, al que se lo devolvería más adelante la Hacienda Pública.

  FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS

                                                (continuará)





       





domingo, 19 de abril de 2020

EN TIEMPOS DE PANDEMIA Y CONFINAMIENTO, UNA MIRADA PARCIAL A NUESTRO PARTICULAR PASADO SANITARIO (II)


A partir del siglo XVIII se redujeron las mortandades de carácter catastrófico y en algunas zonas del continente desde mediados del XVII, entre otras razones por la adopción de medidas preventivas y, ya en el siglo XIX, por los avances en medicina. No obstante, no desaparecieron las epidemias, como las de peste, tifus, gripe, tos ferina (Suecia es un buen ejemplo, con 40.000 niños muertos entre 1749 y 1764), o viruela; en los años ochenta del siglo XVIII – también después- fiebres tercianas, que igualmente las hubo en Campo de Criptana, fiebre amarilla en 1800, sobre todo en el sur, cólera en 1804 en tierras andaluzas, Murcia y Alicante, paludismo en ese mismo año y de nuevo cólera (100.000 muertos en Francia entre 1830 y 1837), por no seguir el relato más allá de ese siglo.

Antoine Jean Gros :
Visita de Napoleón a los apestados en Jaffa  (1804)

El cólera se convirtió en una de las enfermedades “estrella” en el siglo XIX, en el que se constituyó en el gran enemigo para la salud humana, relevando en ese papel a la peste y a la viruela; hasta bien entrado el siglo XX fue responsable de decenas de millones de pérdidas humanas. Era un tiempo en que la revolución de los transportes incrementó los desplazamientos humanos, lo que favoreció que desde la cuenca del río Ganges, en Asia, la enfermedad penetrara en Europa.


En España unas 800.000 víctimas causó a lo largo de todo el siglo XIX. Afectó en sus diversas oleadas principalmente a la mitad oriental de la península Ibérica, particularmente a los núcleos urbanos densamente poblados de la costa y a algunos del interior también. Como en el caso de la peste, los más afectados fueron los sectores sociales menos favorecidos por su peor alimentación, sus viviendas insalubres y el hacinamiento de las propias familias.

El antes y el después de enfermar del cólera (1831).
 (En The Sick Rose, ed. de Thames y Hudson )  

Tras algún brote anterior más localizado, en nuestro país se extendió desde enero de 1833 a partir de Portugal. Este primer brote fue tratado muy discretamente por la prensa española. Por ejemplo, en la prensa madrileña la situación real se disimuló hasta que la capital sufrió el azote en 1834. Se temía que la enfermedad paralizase las actividades de comercio, y es que cualquier epidemia de cólera o de otro tipo  acarreaba una crisis económica por la alteración de las comunicaciones y de los abastecimientos y por los gastos extraordinarios que conllevaba. No es raro, por ello, que en el transcurso de esa primera oleada se alternasen el control y la libre comunicación entre el centro y el sur de España; ya una Orden de 1 de julio de ese año eliminó la incomunicación entre zonas si bien se permitía que los pueblos no infectados adoptaran medidas de precaución.

En 1855 supuso una pérdida de entre el 1,5 y el 1,6% de la población española, que por entonces era de unos 15 millones de habitantes. En esa segunda oleada se trató de evitar ocultaciones de la epidemia por parte de las autoridades locales, que en ocasiones trataban con ello de reducir los perjuicios para la economía del lugar. Y es que la epidemia alteraba la vida de ciudades y pueblos: precios al alza, escasez de algunos alimentos, acusaciones de incompetencia entre políticos, etc. El descontento social degeneró a veces en auténticos motines en algunos lugares.

Reaparecería la enfermedad durante unos años desde 1885. Pero no solamente el cólera causó estragos, pues en diferentes lugares menudearon la viruela, el sarampión y la tos ferina, entre otras enfermedades. Las ciudades y pueblos, aplicando el recurso de los cordones sanitarios, se aislaban y controlaban sus entradas; las ciudades dotadas de murallas exteriores las emplearon como "barrera de acceso". A los sospechosos de portar la enfermedad se les conducía a los lazaretos, lugares donde eran sometidos a cuarentena o aislamiento preventivo.

El cólera en España (1885)
Campo de Criptana se vio libre del cólera en la oleada de los primeros años treinta del siglo XIX. Menos mal, dicho sea en relación con los medios sanitarios de que disponía, pues aunque es cierto que contaba con un Hospital desde hacía siglos, el llamado de San Bartolomé - ocupaba el solar en el que ahora tenemos el Teatro Cervantes -, solamente servía para atender a unos pocos pobres mendicantes transeúntes, tal como reconocía el propio Ayuntamiento en agosto de 1829. Eso sí, aunque no se dieron casos de infectados se adoptaron medidas preventivas; la Junta Municipal de Sanidad decretó el 19 de septiembre de 1833 las siguientes:


- Habilitar como lazareto, en caso de tener que establecer cuarentena para personas "sospechosas" de estar infectadas por la enfermedad, las habitaciones contiguas a la ermita del Cristo de Villajos salvo las reservadas para los dos "santeros" que allí había.

- Fijar como únicos puntos de entrada al pueblo - téngase en cuenta que el casco urbano tenía menos extensión que ahora - las siguentes calles: Plazuela del Pozo Hondo, Camino de la Puente (en parte, la calle Castillo actual), Empedrada (la de la Virgen del presente, entre las calles Castillo y Mediodía) y Villargordo (Cristo de Villajos).

- Se permitía la entrada y salida a la "Fuente de Agua Dulce" (la Fuente del Caño) solo a los vecinos del pueblo y para el servicio de quienes vivían en la ribera de los Molinos.
                          
Lo anterior se completó el 29 de ese mes, día en que se decretó cercar el pueblo con tapias dejando solo cuatro puertas de entrada en las calles citadas. Se valoró en unos 3.000 reales el importe de la obra.

Casco urbano de Campo de Criptana en 1885.

Como curiosidad, bueno es saber que eran por entonces médicos en el pueblo José Martínez Borja, Bernardino Guillén, José Antonio Tardío Reguillo, Ildefonso Martínez Borja y Águedo Parra.

En cuanto al lazareto de Villajos el 27 de julio de 1834 la Junta ordenó que se ocupasen de su guardia cuatro hombres que, para evitar contagios, no deberían dejar pasar a personas procedentes de Madrid ni de otras poblaciones de esa zona donde el cólera había hecho acto de presencia; al mismo tiempo estipuló que los santeros de la ermita deberían suministrar a un precio justo alimentos y otros artículos que necesitasen las personas sometidas a cuarentena.

Otro punto importante de entrada a vigilar era el Camino de Alcázar, para lo que se dispuso un cuerpo de guardia de caballería situado en el pajar y cuartillo del Conde de Cabezuelas que había en el extremo de las "heruelas", donde habría que tener algún producto para desinfectar los documentos que se dirigían a Campo de Criptana. Hay que aclarar que el correo entraba al pueblo por ese camino pues se traía desde Madridejos, núcleo de población destacado en la ruta de Madrid a Andalucía.

Un artículo demandado por los vecinos de Alcázar era la harina producida por los molineros criptanenses, artículo que como otros procedentes de nuestro pueblo se les suministraría, según aseguraba el Alcalde Mayor. En agosto de 1834 en Campo de Criptana había en activo 26 molinos de viento. El 14 de ese mes, dada la incomunicación establecida entre los dos pueblos días antes, se tomó la decisión de que la demanda de harina por parte de los alcazareños se cubriría con la obtenida de los tres molinos situados en el paraje de El Pico, a los que libremente podrían ir las gentes del pueblo vecino; por cierto, de esos tres molinos uno pertenecía a Pedro Campaya y los propietarios de los otros dos eran de Alcázar. Además, la Junta de Sanidad  dispuso que, si de otro molino criptanense quedase excedente de harina o de trigo, ese sobrante se podría pedir a través de la propia institución, que al momento acordaría la entrega, debiéndose utilizar las mismas precauciones que en relación con los otros pueblos contagiados, entre los que se contaba Herencia; y si Alcázar necesitase agua, lo mejor sería que se tomase a las puertas de Campo de Criptana pero sin entrar en el pueblo.

En una coyuntura como aquella los médicos estaban obligados a emitir partes diarios sobre defunciones y enfermedades que las causaban. Por su parte, el Alcalde Mayor los jueves y domingos debía remitir los suyos a la instancia superior, es decir, la Subdelegación de Rentas Reales del Partido de Alcázar de San Juan. En ninguno de esos partes se reflejaba la incidencia del cólera como causa de muerte en nuestro pueblo. 

La Junta de Sanidad se preocupaba por evitar el contagio atenta a evitar lo que pudiese dar lugar al mismo. En este sentido resulta interesante una anotación datada en su libro de actas el 23 de junio de 1834, en la que se ponía de manifiesto que había varios vecinos que vivían en cuevas sin ventilación ni aseo, y con el objetivo de la prevención el 12 de julio propuso - y se llevó a cabo - que puesto que los días de precepto había una misa en la iglesia parroquial a las 11 de la mañana y otra en la iglesia del Convento a las 10, a las que concurría mucha gente, con el fin de evitar la propagación de enfermedades hubiese otras dos: una a las 3 de la tarde en el Convento y otras a las 4 en la parroquia.

El Ayuntamiento, como es natural, se tomaba bien en serio la situación por la que se atravesaba y trataba de asegurar el control de las entradas del pueblo, de las que eran directamente responsables los jefes de las guardias instaladas en cada una de sus puertas, que podrían ser multados si dejaban pasar a forasteros que no llevasen consigo la documentación de tipo sanitario exigida. Como medida  preventiva también decretó que el 5 de agosto por la noche se trasladara a la iglesia parroquial desde su ermita la imagen del Cristo de Villajos dado que hasta allí acudía mucha gente de otros pueblos, y así se evitaría tal concurrencia y el posible contagio.


Precisamente por entonces se había decretado la incomunicación de Alcázar, lo que esa localidad aceptó sin replicar, señal de que era consciente de estar contagiada su población, según comentó nuestro Alcalde Mayor al Gobernador del pueblo vecino. A principios de agosto de 1834 la situación allí se había agravado pues día hubo en que fallecieron siete personas y por vecinos procedentes de ese lugar se sabía que la mayoría había muerto por los efectos del cólera. Y como en esa época las corporaciones municipales alguna competencia tenían en materia religiosa, el Ayuntamiento criptanense decretó, a la vista de los estragos que el cólera estaba causando en Alcázar, traer al pueblo la imagen de la Virgen de Criptana el viernes 22 de agosto con el fin de hacer rogativas durante nueve días y así pedirle la preservación del pueblo del azote de aquella enfermedad.

          FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS

                                                                      (continuará)


                          
                                                                          



     

viernes, 17 de abril de 2020

EN TIEMPOS DE PANDEMIA Y CONFINAMIENTO, UNA MIRADA PARCIAL A NUESTRO PARTICULAR PASADO SANITARIO (I)




Dentro de poco entraremos en el segundo mes de una alteración profunda en nuestras vidas, tanto en nuestro país como a lo largo y ancho de nuestro mundo. Una pandemia está rigiendo, querámoslo o no, el quehacer diario de cada cual. Cuántas veces hemos oído decir, y todos hemos dicho, que nunca habíamos conocido nada igual. Y es verdad. Mas si abrimos la perspectiva hacia atrás en el tiempo comprobaremos que no son pocos en la historia de la humanidad los episodios epidémicos que han marcado la evolución de los habitantes de nuestro planeta, y desde muy antiguo, si bien voy a referirme, a modo de muestra, a algunos de ellos partiendo de la etapa final de la Edad Media y dando relevancia a lo que tiene que ver con Campo de Criptana.

Diversas epidemias de peste – bubónica, pulmonar - fueron habituales en Europa desde mediados del siglo XIV hasta principios del siglo XVIII. En no muchos años en torno a 1348 la peste negra invadió las regiones mediterráneas acabando por infectar el resto del continente. Dependiendo de las zonas, entre la mitad y los dos tercios de la población europea, que por entonces sumaba alrededor de 80 millones, murió.

Francisco José de Goya: "Corral de apestados"

En España, como en Europa, a diferencia de los siglos XVI y XVIII, en los que hubo un notable incremento demográfico, en el XVII la población se mantuvo estacionaria por una serie de factores negativos, entre ellos las hambrunas por malas cosechas y diversos periodos de mortalidad extraordinaria causados en buena parte por la presencia de epidemias     – básicamente la peste, bien conocida ya en centurias anteriores en los diferentes territorios peninsulares - en varios momentos de la centuria.

El primero, que se extendió desde el siglo anterior, concretamente desde 1597, y abarcó hasta 1602, fue el de la llamada “peste atlántica”; penetró por tierras cantábricas y afectó a casi toda España, originando alrededor de medio millón de muertos. La segunda fase, conocida como “la peste mediterránea”, fue la peor del siglo y se extendió desde 1647 hasta 1652; hubo ciudades que perdieron entre la cuarta parte y el 50% de sus habitantes, casos de Valencia y Sevilla. Entre 1676 y 1685 hubo una tercera oleada de peste, que tuvo por escenario principal las mismas regiones que la segunda, es decir, la mitad meridional y la mitad oriental; aunque fue de más duración que las dos anteriores fue menos virulenta. De cualquier forma, los más débiles económicamente fueron siempre los más fácilmente atacables.

Un hecho que debe resaltarse es cómo se veían afectados los pueblos y ciudades, para los que la declaración oficial de núcleo “apestado” resultaba muy negativa por el aislamiento que suponía y por las repercusiones negativas sobre el abastecimiento y la actividad comercial; en consecuencia mucha gente se empobrecía, si bien es cierto que también había enriquecimientos más o menos repentinos. Por su parte, las haciendas municipales quedaron, por lo general convertidas en instituciones muy depauperadas al tiempo que hacían frente a la extensión de la enfermedad como buenamente podían: limitando la circulación de las personas, incomunicando a los enfermos, destruyendo las ropas de los afectados por la peste, acentuando las medidas de vigilancia, etc., etc. Por lo demás, ni que decir tiene que en el ambiente de temor que se extendía al compás de cada episodio epidémico proliferaban fabulaciones sociales, obsesiones mentales, todo tipo de supersticiones, falsas noticias (¿nos suena algo de esto en 2020?), aparte del recurso a ciertas prácticas piadosas y la extensión de la devoción a santos protectores como San Sebastián, San Rafael o San Roque.


San Roque
De esos tres ciclos epidémicos acaecidos en el siglo XVII  dos fueron los que más afectaron a Campo de Criptana. El que más el último; concretamente a principios de los años ochenta se extendió entre nuestros antepasados una grave epidemia de tercianas que causó bastantes muertos de todas las edades, y para ahondar aún más la crisis desde agosto de 1684 solo se pudo contar con la atención del doctor D. José López Pintado pues el otro que había, el doctor Muñoz, también fue víctima de la enfermedad. Le siguió en intensidad el ataque de principios del siglo; la documentación menciona la extensión de la peste y la muerte, entre otros, de muchos niños, por lo que no extraña que se intensificaran los actos de piedad religiosa para tratar de superar la enfermedad y que se incrementara la devoción a San Sebastián como protector ante ese mal.

La oleada pestífera de mediados de siglo parece que apenas incidió en la localidad y todo se limitó a la prevención contra ella. El 20 de junio de 1649, con el fin de reunir dinero para hacer frente a los gastos, se decretó un repartimiento contributivo sobre los vecinos con el fin de cercar el pueblo e impedir el contagio, dejando solo cuatro calles abiertas al exterior. El 25 de junio de 1650 el Ayuntamiento redobló las precauciones al tener noticia de que la enfermedad ya había alcanzado la localidad de Priego de Còrdoba.

     FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS

                                                                        
                                                                 (continuará)



lunes, 28 de octubre de 2019


FABRICIANO LÓPEZ-PINTOR ALBACETE:

CRIPTANENSE, CARTERO URBANO,
MÚSICO Y REPRESALIADO POR EL FRANQUISMO

Ya en las últimas décadas del siglo XIX había en Campo de Criptana dos Bandas de Música. En el siglo XX, a la altura de 1930, se constata la permanencia de ambas. Una sigue existiendo en la actualidad, la conocida hoy como Filarmónica Beethoven. La otra no, la dirigida por entonces por Fabriciano López-Pintor, la llamada Santa Cecilia, si bien en el transcurso de la sesión celebrada por la Corporación el 2 de septiembre de 1933 es denominada Banda Mozart; sus ensayos en esos tiempos de la Segunda República tenían lugar en un local alquilado al Ayuntamiento y ubicado en las dependencias del antiguo Convento de Carmelitas Descalzos, local que había ocupado hasta 1931 la Escuela Graduada de Niños, que desde entonces dispuso del  nuevo edificio inaugurado ese año en la zona del Pozo Hondo.

La Banda Santa Cecilia con Fabriciano al frente
en la actual calle Tercia

El local dejaba que desear y en enero de 1932 Fabriciano, como director, solicitó a las autoridades locales el arreglo del patio ya que estaba en “condiciones intransitables”; el Ayuntamiento acordó por unanimidad hacer las reparaciones necesarias en el patio y en una buhardilla. Más tarde, a principios de 1934, Fabriciano y Juan Antonio Lucas, presidente y secretario respectivamente de la Sociedad Musical Santa Cecilia, solicitaron a la Corporación municipal la renovación del contrato de arrendamiento por un periodo de cinco años por el precio mensual que ya venía pagando, 15 pesetas, a lo que accedió la Corporación.
Las dos Bandas solían alternar sus actuaciones, por cada una de las cuales el Ayuntamiento pagaba 100 pesetas en esos años. Como muestra de su labor, esta, cuyo tesorero era Ricardo Torres, protagonizó una velada musical en el quiosco de la Plaza de la Constitución el 1 de mayo de 1933 y asistió en dos ocasiones a las fiestas del segundo aniversario de la República; además ese año ofreció cuatro conciertos en agosto en el quiosco, y otro con motivo del aniversario de la Primera República. De cualquier forma, no andaba sobrada de recursos económicos y el 29 de marzo de 1934 los miembros de la Banda solicitaron al Ayuntamiento 1.500 pesetas para atender necesidades perentorias dado que carecían de fondos, cantidad a deducir de lo que habrían de cobrar por sus actuaciones futuras. Los firmantes eran mayores de edad, pero también en la Banda había menores, por los que firmaban sus respectivos padres. Se comprometían a prestar sus servicios al Ayuntamiento sin cobrar hasta haber satisfecho el importe del anticipo. Los componentes eran los que siguen, 31 en total:
Fabriciano Pintor, Ricardo Torres, Manuel Quintanar, José Quintanar, Juan José Alcolado, Juan Vicente Manjavacas, Jesús Quintanar, Ángel Escobar, Francisco Lucas, Juan Antonio Lucas, Felipe Madrid, Miguel Palomar, Francisco Quintanar, Luis de la Guía, Julián Gómez, Alipio Olivares de la Guía, Benito Sánchez de León, Antonio Gómez, Primitivo Olivares, Gregorio Manjavacas, Rafael Moreno, el hijo de Ramón Cruz, Pedro Duro, Francisco Cruz, José Escribano, Amós Sierra, Ramón Bustamante, y los menores Andrés y José Mª Iniesta, Vidal Moreno y Marcial Moreno.

En el centro y sin gorra, Fabriciano,
rodeado por sus músicos

El 31 de ese mes la Corporación acordó acceder a ello pues lo que se pretendía era un contrato de servicios con pago adelantado. El contrato fue firmado por el alcalde Luis Sánchez-Manjavacas Díaz-Ropero – miembro de Izquierda Republicana - y por Fabriciano. Se estipulaba que en los festejos del 14 de abril, aniversario de la proclamación de la Segunda República, la Banda se presentaría ya equipada con nuevos uniformes.
La tradición oral nos ha transmitido la rivalidad entre las dos Bandas existentes, tildada la Santa Cecilia de ser proclive a la izquierda, y lo cierto es que la rivalidad era un hecho comprobado. La otra Banda era la Sociedad Filarmónica Beethoven, varios de cuyos miembros (Manuel Herencia, Santiago Calonge, Cesáreo Martínez, Amador Bastante, Faustino Serrano, José Galindo, José Mª Sánchez-Alarcos y Manuel Angulo Sepúlveda, su director desde 1933), ante el hecho de que la alcaldía había formalizado el contrato aludido con la otra Banda, solicitaron que se hiciera otro con la Filarmónica Beethoven con las mismas condiciones que el mencionado. Se comprometían a actuar alternando con la otra Banda por riguroso turno hasta completar los 15 actos a que se comprometían a asistir. Y así lo aprobó el Ayuntamiento por unanimidad en la sesión del 7 de abril. El acuerdo se empezó a cumplir escrupulosamente y aunque algún problema hubo por parte de la Corporación, definitivamente antes de acabar el mes de junio el asunto quedó resuelto en el sentido antes expuesto.
Por esos años, como ahora, el día de Santa Cecilia, patrona de la música, tenía una significación especial. Un ejemplo es el del año 1934. El 6 de noviembre Fabriciano, como sabemos director de la Santa Cecilia, expuso al Ayuntamiento que los que formaban esa Banda querían celebrar, como en los años anteriores, una fiesta popular el 22 de noviembre para lo cual habrían de reunirse en lugar cerrado y hacer un desfile por las calles, para todo lo cual pedía permiso, que a buen seguro le fue concedido. También celebraba esa fiesta la Filarmónica Beethoven.
La guerra trastocó todo, también en lo que se refiere al tema que estamos tratando. Desde el Ayuntamiento se trató de organizar una Banda, conocida como la del Frente Popular, de la que fue director Fabriciano, para quien la posguerra, como se verá, fue todo un cúmulo de penalidades como perdedor de una guerra y como víctima de la muy particular justicia franquista.
Fabriciano fue detenido poco después de la finalización de la guerra civil y sometido a dos procesos; uno “judicial” sumarísimo y otro de depuración como funcionario que era. En cuanto a este último, el Ministerio de Orden Público del gobierno franquista, a través de la Jefatura del Servicio Nacional de Correos y Telecomunicación, concretamente su departamento de Correos y la Sección de expedientes político-sociales, se encargó tras acabar la guerra de depurar a Fabriciano, cartero urbano de Campo de Criptana. El Estado franquista quería estar bien seguro de la fidelidad de sus subordinados. Fue el Instructor del expediente Alfonso Díez Blanco y los Secretarios Andrés Valdés Praga y Antonio Sánchez Fuentes. La documentación del expediente está depositada en el Centro Documental de la Memoria Histórica, de Salamanca.
Nuestro personaje había accedido a su oficio después de presentarse a un examen realizado el 7 de abril de 1913, tras cuya superación ingresó efectivamente en el Cuerpo el 1 de enero de 1914. Prestaba sus servicios como cartero en Campo de Criptana, trabajo por el que percibía  un sueldo de 3.750 pesetas anuales – dato correspondiente a 1937 -.
El 9 de junio de 1932 se afilió al Partido Republicano Radical Socialista, uno de los que en 1934 dieron lugar al llamado Izquierda Republicana, al que seguiría perteneciendo posteriormente. Por otra parte, desde que el 1 de octubre de 1936 el Sindicato de Carteros Urbanos, del que era miembro, ingresó en UGT, Fabriciano formó parte de esta central sindical.
Finalizada la guerra, todo funcionario que deseara seguir siéndolo en el Estado franquista estaba obligado a pedir formalmente el ingreso en su respectivo Cuerpo dentro del marco de la particular depuración puesta en marcha por aquel. Eso es lo que hizo Fabriciano el 9 de abril de 1939 mediante solicitud dirigida al Jefe del Servicio Nacional de Correos y Telecomunicación, que por entonces tenía su sede en Valladolid. Como era la norma, los documentos relacionados con la administración pública debían estar redactados utilizando las expresiones impuestas por el bando vencedor, por supuesto estrictamente obligatorias, con lo que ello suponía de humillación para quien había sido partidario del régimen republicano. Así, tras el ineludible "¡¡Arriba España!!” del encabezamiento de su escrito en este manifestaba que  “... en virtud de la orden telegráfica de la Superioridad, solicito se me admita a prestar servicio en Correos de Cartero Urbano”.
Se iniciaba así, en el ámbito del “Ministerio de Orden Público, Jefatura del Servicio Nacional de Correos y Telecomunicación, Correos”, en la “Sección de expedientes político-sociales”, el expediente de depuración político-social seguido a Fabriciano y cuyo número era 3466-U. Además de la solicitud, y con la misma fecha, remitió, según era preceptivo, una declaración jurada. En ella, y dado que los tiempos habían cambiado, se vio obligado a incluir referencias con las que es de suponer para nada estaba de acuerdo; así se citaba a sí mismo como “simpatizante del Movimiento Nacional”, además de manifestar que había sido “obligado por las autoridades rojas locales a continuar mis servicios [profesionales] después del 18 de julio” de 1936. En cuanto a sus haberes, mencionaba la acreditación de quinquenios y la bonificación de 5 pesetas diarias en calidad de subsidio de guerra, todo lo cual hacía un sueldo total cuando la guerra acabó de 5.250 pesetas al año.
En cuanto a su pertenencia a organismos indicaba en la declaración lo ya conocido en relación con el Sindicato de Carteros y UGT, al tiempo que negaba haber estado afiliado al Socorro Rojo Internacional – sí fue miembro de la Cruz Roja – como tampoco lo estuvo a los Amigos de Rusia ni fue masón. A la firma añadía la expresión ritual de “Arriba España”.
Mariano Cubillas Vilas, secretario del Juzgado Especial de la Jefatura del Servicio Nacional de Correos y Telecomunicación - del que era Juez el del 1ª Instancia e Instrucción Jerónimo Maíllo Sánchez, por cierto capitán honorario del Cuerpo Jurídico Militar -,  emitió un certificado según el cual en la información practicada por ese Juzgado Especial acerca de Fabriciano aparecían contra él estos cargos: “Elemento de firmes ideas izquierdistas. Se ha manifestado rojo durante todo el periodo de dominación marxista”. Es claro que la dictadura franquista no toleraba otra ideología que no fuera la suya propia.

Portada del expediente
de depuración de Fabriciano
(CDMH, Salamanca)
Al día siguiente el juez Maíllo dictaba una providencia según la cual se procedía a incoar expediente al funcionario Fabriciano para depurar responsabilidades por su pasada actuación político-social. En ese mismo 24 de mayo el Juez instructor y el secretario Valdés emitían otra providencia para dar cumplimiento a lo acordado por el Juez Especial y en concreto ordenaban que se pasara a Fabriciano el pliego de cargos para que respondiera al mismo en un plazo de cinco días y aportara pruebas de lo que alegase en su descargo, así como que se pidiera información sobre la actuación del expedientado al Gobernador Civil de Ciudad Real (Secretaría de Orden Público), al jefe del Servicio de Información Militar Provincial, al alcalde criptanense, al Jefe del Servicio Local de Investigación de F.E.T. y de las J.O.N.S. y al Primer Jefe de la Guardia Civil de la población. De esos informes se conservan los que se examinan a continuación.
El Comandante de Puesto de la Guardia Civil de Campo de Criptana, Tomás Aparicio Villar, emitió su informe el 15 de junio de 1939. En él afirmaba sobre Fabriciano que:
Se distinguió por sus ideas marxistas.
Perteneció desde 1931 al Partido Republicano Radical Socialista [desde 1932 según el propio interesado, como ya sabemos] y después a Izquierda Republicana hasta el fin de la guerra.
Fue sorprendido en una reunión clandestina a los pocos días de haber sido sofocada la Revolución de Asturias.
Durante el “Glorioso Alzamiento Nacional, salvador de España” estuvo conviviendo “en estrecha amistad con los dirigentes del Comité y los políticos de los partidos del Frente Popular”.
Insultó al “Ejército Nacional”.
Exaltó la causa “roja”.
Se ha dejado entrever por las calles armado de una escopeta”.
Su obcecación siempre fue extremada hacia las ideas masónicas”.
El informante lo consideraba no apto para para desempeñar públicos “y sí peligroso para la Nueva España”.

El día 22 fue el párroco de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, Tomás Urda, el que tras “ las pesquisas realizadas para conocer la conducta” de Fabriciano informaba lo siguiente:                                   
Su actitud ha sido francamente revolucionaria desde el primer día de la guerra” hasta el final.
Estaba “detenido para responder de hechos de otro género” [se refería así al proceso sumarísimo a que estaba siendo sometido].



Una de dos: o fue detenido entre los días 15 y 22 de junio, pues el guardia civil no se refiere a ese hecho, o había sido detenido ya antes y tal circunstancia fue omitida por aquel. Supongo que fue detenido poco después de acabada la guerra.

De 27 de junio de 1939 es el informe del Delegado local de Información e Investigación de F.E.T. y de las J.O.N.S. (el apellido, Alarcón, es lo único legible de su firma). Este documento nos dice:
El domicilio de Fabriciano era el nº 12 de la calle Conde de Cabezuelas [hoy tiene recuperado su antiquísimo nombre de Tercia).
Sobre la filiación política antes de la guerra y durante ella menciona su pertenencia a Izquierda Republicana, en el que no tuvo cargo alguno en ningún momento.
Sobre el periodo anterior a la guerra, además de indicar que propagó ideas marxistas añade que fue director de una Banda de Música “que empleaban los marxistas locales para sus giras y desfiles” y con la que actuó “el Viernes Santo de 1934 (...) en la conmemoración del 14 de abril”, aniversario de la proclamación de la Segunda República, que coincidió con la celebración del Viernes Santo.
Por otra parte, el informante aseguraba que durante la guerra alguna vez prestó servicio de armas al servicio del Comité y Ayuntamiento “llevándo [sic] a cabo algunas detenciones”.
Por cierto, los vencedores, creyéndose con derecho a inmiscuirse en todos los aspectos de la vida de una persona, incluían en sus informes la valoración de la vida pública y privada, que en el caso de Fabriciano y para este informante merecían el calificativo de buenas, e incluso la conceptuación religiosa que merecían las personas era objeto de investigación, en lo que – decía Alarcón – Fabriciano era “completamente indiferente”.
También incluía este informe la valoración de la posición económica del investigado, “precaria” en el caso de Fabriciano. Supongo que la inclusión de esa posición tenía que ver con las penas de carácter económico que se imponían a los perseguidos de una u otra manera por los vencedores en la guerra.
Por último, se señalaba que en esas fechas a Fabriciano se le seguía “procedimiento sumarísimo por el Juez Instructor de Campo de Criptana”, en alusión a lo que habría de llevarlo a una larga condena en prisión.

El alcalde el 16 de julio informó que desde antes de la guerra ya era de izquierdas y antes de y durante la misma  “se ha[bía] significado por su estrecha amistad con los elementos marxistas de esta localidad cuya protección ha[bía] tratado atraerse”, que “ha[bía] hecho propaganda disolvente entre el vecindario”, que había mostrado “complacencia con los excesos de la horda roja”, que había perjudicado a otros compañeros de profesión, que fueron después expulsados del Cuerpo, y que era  “indigno de seguir prestando” sus servicios al Estado. En otro informe, del 18 de agosto, el alcalde, aparte de indicar que Fabriciano estaba detenido en Campo de Criptana insistía en que siempre había estado "en contacto con los elementos del llamado Frente Popular”.
El Pliego de Cargos presentado a Fabriciano lleva fecha de 10 de julio de 1939, La respuesta de Fabriciano con sus “descargos” se produjo el día 19 de ese mes:
El primer cargo era pertenecer a Izquierda Republicana antes de la guerra, a lo que contestó que era cierto.
Al 2º cargo (“Propagó las ideas marxistas”) respondió que no se dedicó a tal cosa.
El tercer cargo era lo ya conocido sobre su actuación en el Viernes Santo el 14 de abril de 1934, coincidente con el tercer aniversario de la Segunda República. Fabriciano declaró ser cierto el hecho de haber sido director de una Banda de Música, que en el tiempo que existió intervino tanto en actos profanos como religiosos, y acerca del hecho citado dijo que el 14 de abril de 1934 se negó a dirigirla y se ocultó en casa de Ramón Cruz Izquierdo, “persona destacada de derechas”; la negativa – aclaró- se debió a que él tenía sus sentimientos religiosos. Además añadió que el local de Academia de la Banda fue asaltado y algunos de la Banda fueron obligados a actuar “pero sin mi dirección”.
El 4º cargo era que siguió perteneciendo a Izquierda Republicana “durante el Movimiento” y que había prestado servicio de armas a las órdenes del Comité y Ayuntamiento y practicado algunas detenciones. Él afirmó ser cierto lo de su afiliación a ese partido pero que no era cierto que hubiese prestado servicio de armas y que “con motivo de discrepancias entre la C.N.T local y las autoridades, fui obligado por dirigentes marxistas que me encontraron en la calle a marchar al ayuntamiento, donde se me entrego [sic] un arma de la que no hice uso, y obligado por el alcalde rojo y en compañia de otros se efectuó la detencion de [una] (...) persona a quien se guardó toda clase de consideraciones siendo puesto a las pocas horas en libertad y que en la actualidad reside en esta”.
El 5º y último cargo era que se le seguía un procedimiento sumarísimo por el Juzgado Militar de Campo de Criptana, lo que, como era lógico, reconoció.

La parte de los descargos, escrita de puño y letra por Fabriciano, finalizaba con las expresiones de ritual que forzosamente había que incluir en cualquier escrito oficial, es decir, “Año de la Victoria” tras la fecha, “¡Saludo a Franco!”, “¡Arriba España!”.
Siete días después, el 26 de julio, redactaron un escrito favorable a Fabriciano los miembros de la Orquesta Cervantes, un grupo musical que lo mismo intervenía en actos religiosos que profanos, incluidos los bailes de Carnaval. Por cierto, ese fue el único escrito  de ese  signo incluido en el expediente de depuración; si hubo más no se conservan. Eran sus miembros, además de Fabriciano, Ángel Valero   – sacristán de la iglesia parroquial criptanense -, Ramón Bastante, Juan Bustamante, Lidio González, Antonio Millán, ¿Juan? García y ¿? Galindo. Declaraban y certificaban que la conducta de Fabriciano dentro de la Orquesta fue “siempre correctísima”, que él, como los demás, había actuado en actos religiosos “sin la más minima objeción por su parte”, y que lo consideraban “persona honorable”. Ni que decir tiene que, tal como operaba la “justicia” franquista, ese apoyo no le sirvió de nada.
Por lo demás, la sentencia que resolvía el juicio sumarísimo a que fue sometido Fabriciano sería un elemento importante para la decisión que se tomara en su proceso de depuración. Al respecto no deja de resultar sorprendente el deficiente funcionamiento del entramado burocrático-judicial del sistema franquista. Así, en escrito de 5 de marzo de 1940 dirigido por el Juez Instructor 1-C, de Valladolid al Auditor de Guerra de Ciudad Real le recordaba otros escritos anteriores en los que le solicitaba el testimonio de la sentencia recaída en Fabriciano con el fin de unirlo al expediente político-social de este. El 8 de marzo le respondió el Secretario de la Auditoría de Guerra, Delegación de Ciudad Real, haciéndole saber que la sentencia de Fabriciano debía solicitarla al Juzgado Militar de Ejecutorias letra Z, de Madrid, en el que se debía encontrar. El 14 de marzo se repetía la petición del testimonio de la sentencia. Volveremos a este asunto.
En cuanto a la finalización del proceso de depuración como funcionario fue la siguiente. En Madrid, el 11 de julio de 1940, el Juez Especial Jerónimo Maíllo presentó al Director General de Correos y Telecomunicación su propuesta de sanción a Fabriciano, propuesta que justificaba en el hecho de que su actuación durante “la subversión marxista” había sido “francamente antipatriótica y contraria al Glorioso Movimiento Nacional” y se había identificado perfectamente con “la rebeldía roja”, razones por las que, en referencia a lo establecido en el artículo 10º en relación con el 9º de la Ley de 10 de febrero de 1939, proponía la sanción máxima de separación definitiva del servicio. El mismo día se tomó la resolución definitiva, que no fue otra que la propuesta por Maíllo, que el Director General citado hizo suya, con la consecuencia de que el funcionario del Cuerpo de Correos Fabriciano López-Pintor Albacete sería “dado de baja en el escalafón de los de su clase”.
En cuanto al proceso sumarísimo, estaba identificado con el número 4.976, según mencionaba un certificado del encargado del Servicio de Información y Estadística de la Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación, fechado en Ciudad a Real a 7 de agosto de 1939. En principio estuvo a cargo – según informe de 1 de julio de ese año del juez municipal criptanense, Fernando Alarcón - del Juzgado Instructor Militar de Campo de Criptana. La Auditoría de Guerra de nuestro pueblo se inhibió del caso el 19 de dicho mes y lo remitió al Juez Militar de Alcázar, y fue visto en juicio sumarísimo en septiembre, resultado del cual fue la condena de 12 años y 1 día de prisión.
El 3 de junio de 1940 – por lo que más arriba exponía sobre el funcionamiento de la justicia franquista  - el Juez Instructor del otro proceso, el de depuración como funcionario, preguntaba por escrito a Fabriciano, entre otras cosas, que manifestara el “resultado del Proceso sumarísimo que se le ha[bía] instruido, remitiendo si la tuviera en su poder, copia de la sentencia”. La respuesta a esa pregunta – y a otras que le había formulado dicho juez – fue redactada y firmada por Fabriciano el 17 de junio de 1940 en la Prisión de Cáceres, donde ya estaba cumpliendo la pena que se le había impuesto en el proceso sumarísimo. En su contestación a todos los interrogantes que se le habían hecho expuso lo siguiente:
Fue juzgado por el Tribunal Militar nº 3 del Partido Judicial de Alcázar de San Juan el 17 de septiembre de 1939 “año de la Victoria” [expresión obligada, por supuesto] y condenado a 12 años y 1 día de prisión por el delito de auxilio a la rebelión.
No tenía copia de la sentencia por no habérsela entregado el Juez Instructor, circunstancia que también evidencia cómo funcionaba el sistema.
Como prueba de descargo en el proceso de depuración que se le estaba siguiendo rogaba que fueran consultadas las personas con las que había convivido en Correos desde 20 años antes del inicio de la guerra (del inicio del “Glorioso Movimiento Nacional”, escribía en su respuesta). Esas personas eran:
Juan José Leal y Pulpón, que en junio de 1940 prestaba sus servicios en Madrid y había sido administrador de la oficina subalterna de Campo de Criptana desde antes de la guerra.
Juan Junco, en 1940 administrador de la citada subalterna.
José María Flores, también en esa fecha cartero urbano en Campo de Criptana.
También señalaba que de su conducta particular se podía consultar entre otras muchas personas a Ángel Valero, Juan Bustamante y Ramón Arteaga, los tres “personal de reconocida solvencia dentro del Glorioso Movimiento Nacional”.
Ni que decir tiene que su escrito finalizaba con los obligados ¡Arriba España! y ¡Viva Franco!

La vieja Prisión de Cáceres

Condenado, como se ha indicado, por auxilio a la rebelión, a la pena de 12 años y un día de reclusión, empezó a cumplirla en la Prisión Provincial de Cáceres. El día 30 de octubre de 1942 el alcalde Fernando Alarcón comunicó a su director, José Mª González Álvarez, que no había inconveniente en que tuviera libertad condicional pero desterrado del pueblo. Al final, no fue desterrado y fijó su residencia en Campo de Criptana. El 11 de marzo de 1943 fue remitido al Ayuntamiento de Campo de Criptana el certificado, fechado en el mismo día, de libertad condicional desde Cáceres, situación debida a la buena conducta observada en la cárcel. Por entonces contaba con 44 años y tenía dos hijos. Entre las instrucciones una era la obligación de Fabriciano de “dirigir por correo, el primer día de cada mes, un conciso informe referente a su propia persona, escrito por sí mismo”, informe en el que debía hacer constar la cuantía del jornal que recibiese por su trabajo, “así como la economía y ahorros que haya podido hacer”; por lo demás, se le aconsejaba evitar las “malas compañías”, y se añadía este curioso ofrecimiento: “en esta Prisión hallará siempre un lugar de retiro y protección en caso de desgracia”.
Así pues, Fabriciano fue condenado a pena de cárcel y resultó expulsado del Cuerpo de Carteros, lo que significaba apartarlo de la sociedad y - valga la palabra - machacarlo económicamente.
En el proceso de depuración como funcionario de Correos se le aplicó, como se ha visto, la “Ley de 10 de febrero de 1939 fijando normas para la depuración de funcionarios públicos” (B.O.E. del 14 de febrero), una ley por tanto promulgada antes de finalizar la guerra civil en cuyo preámbulo podía leerse:

Primeros párrafos de la
Ley para la depuración de funcionarios públicos
(1939)



"La liberación de nuevos territorios (...) plantea con urgente apremio el problema de la depuración de los funcionarios públicos. Es deseo del Gobierno llevar a cabo esta depuración con la máxima rapidez y dentro de normas flexibles que permitan reintegrarse rápidamente a sus puestos a aquellos funcionarios que lo merecen por sus antecedentes y conducta, y, al mismo tiempo, imponer sanciones adecuadas, según los casos, a los que incumpliendo sus deberes contribuyeron a la subversión y prestaron asistencia no excusable a quienes por la violencia se apoderaron, fuera de toda norma legal, de los puestos de mando de la Administración”.

En su artículo 1º se establecía que “Cada uno de los Ministerios Civiles que constituyen la Administración del Estado procederá a la investigación de la conducta seguida, en relación con el Movimiento Nacional, por los funcionarios públicos que de él dependan y que se encontraran en los territorios recientemente liberados y en los que se vayan liberando, y procederá, asimismo, a imponer las sanciones de carácter administrativo que correspondan al comportamiento de tales funcionarios y que convengan al buen servicio del Estado".

El artículo 2º disponía que “Todos los funcionarios liberados deberán presentar en el término de ocho días, ante la Jefatura Provincial del Cuerpo o servicio a que pertenecieren, o ante el correspondiente Ministerio, una declaración jurada ...”, con el contenido que se ha visto en el caso de Fabriciano.

El artículo 9º enumeraba los hechos que “podrán considerarse como causas suficientes para la imposición de sanciones, las siguientes:
a) Todos los hechos que hubieren dado lugar a la imposición de penas por los Tribunales Militares o a la exigencia de responsabilidades políticas, con arreglo a la Ley de este nombre. b) La aceptación de ascensos que no fueren consecuencia del movimiento natural de las escalas y el desempeño de cargos y prestación de servicios ajenos a la categoría y funciones propias del Cuerpo a que se perteneciera.
c) La pasividad evidente de quienes, pudiendo haber cooperado al triunfo del Movimiento Nacional no lo hubieren hecho.
d) Las acciones u omisiones que, sin estar comprendidas expresamente en los apartados anteriores, implicaren una significación antipatriótica y contraria al Movimiento Nacional".

En el artículo 10º contemplaba las sanciones que podrían imponerse a los funcionarios incursos en responsabilidad administrativa:
Traslado forzoso, con prohibición de solicitar cargos vacantes durante un período de uno a cinco años.
Postergación, desde uno a cinco años.
Inhabilitación para el desempeño de puestos de mando o de confianza.
Separación definitiva del servicio”.

Como se puede observar, a Fabriciano se le impuso, como señalé, la sanción más dura, pues se quedó sin el trabajo en el que ingresó superando la prueba correspondiente y que había desempeñado durante más de veinticinco años.

En cuanto al proceso sumarísimo por el que fue condenado a pena de cárcel le fue aplicada la “Ley de 9 de febrero de 1939 de Responsabilidades Políticas” (B.O.E. de 13 de febrero), promulgada, pues, un día antes que la objeto de comentario anteriormente y que estuvo vigente hasta la promulgación del Decreto 10/1969, por el que prescribían todos los delitos cometidos antes del 1 de abril de 1939.

Esta ley tenía, para la consideración de delitos, efectos retroactivos, concretamente eran objeto de su atención los hechos acaecidos desde el 1 de octubre de 1934; por lo tanto, violaba el principio de retroactividad al considerar punibles hechos realizados antes de su promulgación, y además cubría todas las formas de subversión y de ayuda al esfuerzo de guerra republicano, y también los ejemplos de “pasividad grave” en la guerra. El castigo se extendía a cualquiera que hubiese prestado apoyo al bando republicano incluso sin participar en hechos de armas.

Primera página de la
Ley de Responsabilidades Políticas
(1939)

En su preámbulo, entre otras cosas se señalaba:
Próxima la total liberación de España, el Gobierno, consciente de los deberes que le incumben respecto a la reconstrucción espiritual y material de nuestra Patria, considera llegado el momento de dictar una Ley de Responsabilidades Políticas, que sirva para liquidar las culpas de este orden contraídas por quienes contribuyeron con actos u omisiones graves a forjar la subversión roja, a mantenerla viva durante más de dos años y a entorpecer el triunfo providencial e históricamente ineludible, del Movimiento Nacional ...” y que “Los Tribunales encargados de imponer las sanciones estarán compuestos por representantes del Ejército, de la Magistratura y de la Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N. S., que darán a su actuación conjunta el tono que inspira al  Movimiento Nacional. Y para conseguir que funcionen con perfecta armonía todos los Tribunales y organismos a quienes se encomienda la aplicación de la Ley, se crean un Tribunal Superior y un órgano administrativo, anejo al mismo, que, bajo una sola dirección, y de acuerdo con el Gobierno, imprimirán al conjunto la unidad necesaria para conseguir todos los resultados que en el orden jurídico y en el económico se pretenden”. 

El artículo 1º declaraba “la responsabilidad política de las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde primero de octubre de mil novecientos treinta y cuatro y antes de dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis, contribuyeron a crear o a agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a España y de aquellas otras que, a partir de la segunda de dichas fechas, se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave”.
El artículo 8 enumeraba las posibles sanciones:
Grupo I.—(Restrictivas de la actividad).— Inhabilitación absoluta. Inhabilitación especial.
Grupo II.—(Limitativas de la libertad de residencia).—Extrañamiento. Relegación a nuestras Posesiones africanas. Confinamiento. Destierro.
Grupo III.—(Económicas).—Pérdida total de los bienes. Pago de cantidad fija. Pérdida de bienes determinados”.
En el artículo 10 se aclaraba que “En toda condena se impondrá, necesariamente, sanción económica de las señaladas en el grupo tercero ...”. Según esto y tal como anticipé más arriba, entiendo que además de la pena de cárcel a que fue condenado Fabriciano, lo fue también a una pena económica, lo que se deduce, según se vio, de una de las instrucciones dadas por escrito a Fabriciano cuando se le concedió la libertad condicional, es decir, informar sobre el jornal que recibiese por su trabajo, sus ahorros, etc.
  
Y un último comentario sobre el motivo de su condena, el de “auxilio a la rebelión”, y es que para el franquismo la verdadera rebelión era la defensa del orden republicano y no la de los sublevados en julio de 1936. El propio Ramón Serrano Súñer - político y abogado español de extrema derecha, diputado en las Cortes de la Segunda República, responsable en buena parte de la creación del Nuevo Estado franquista, seis veces ministro entre 1938 y 1942 en las carteras de Gobernación y Asuntos Exteriores, presidente de la Junta Política de F.E.T. y de las J.O.N.S. entre 1939 y 1942, el conocido como  “el cuñadísimo” pues era cuñado de la esposa de Francisco Franco – en sus memorias publicadas en 1977 utilizó el término de “justicia al revés” para referirse a la represión franquista de posguerra: los sublevados castigaban por rebelión a los fieles al gobierno legalmente constituido.

No hay que olvidar que tras el golpe militar de julio de 1936 miles  de personas fueron asesinadas por el nuevo régimen, el dictatorial encabezado por Franco, en gran parte acusadas de auxilio a la rebelión, en una operación de exterminio político planeada y llevada a cabo por aquel estado de corte fascista. Y por lo que hace a Fabriciano, en definitiva, en aquel contexto de persecución tras la guerra de las personas consideradas desafectas al régimen franquista, su gran "pecado" era su ideología, que poco tenía que ver con la de los vencedores.

Precisamente sobre la vieja Prisión de Cáceres, aquella en la que Fabriciano pasó varios años de su vida, publicaba El Diario.es el 24 de agosto del presente año las siguientes líneas redactadas por Jesús Conde:
Hoy pocos lo saben, pero el penal cacereño, tras el de Burgos, fue uno de los mayores referentes de la resistencia antifranquisa. Sus paredes albergaron una agitada vida cultural y de militancia. Habitada por políticos, intelectuales y una amalgama de republicanos llegados desde todas partes de España, en su interior los presos se siguieron formando y eran frecuentes los debates políticos.
También fue un lugar de represión. Comenzó a construirse a comienzos del 34 y terminó acogiendo seis años más tarde --ya en manos de los franquistas-hasta a 2.500 internos, cuando el proyecto inicial en la época de la República estaba pensado para 350”.

      
                       FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS