martes, 5 de agosto de 2014

Campo de Criptana en el tiempo de "El Quijote" (IV)

Publicado por primera vez en mayo de 2013



No faltan en El Quijote los pasajes relativos al ejercicio del poder, leyendo alguno de los cuales es inevitable la comparación con algunos casos situados en la época que nos ha tocado vivir; por ejemplo, cuando Sancho Panza se dispone a salir al, fruto de su ilusión y de la burla a que es sometido, gobierno de la Ínsula Barataria. Dice Sancho a su mujer en una carta: “De aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mesmo deseo”
(Capítulo XXXVI, 2ª parte).

¿Quién tenía el poder en el concejo o ayuntamiento?

El antiguo edificio del Ayuntamiento
En la época cervantina los cargos municipales en nuestro pueblo estaban en manos de unas cuantas familias que los habían comprado a la Corona unas décadas antes. En junio de 1596 se puso fin a ese sistema, para lo que el Ayuntamiento debió pagar a la hacienda estatal una suma elevada de dinero, 16.350 ducados, cantidad a la que hay que añadir la que sus propietarios habían pagado en su momento al Estado, es decir, más de 6.000 ducados. Con este fin hubo que entrar en contacto con prestamistas para obtener el dinero necesario.

A partir de entonces se aplicó la normativa establecida en una Ley Capitular de la Orden de Santiago del año 1560. En esta Capitular se fijaba el sistema de gobierno municipal, articulado en torno a lo que se llamaba mitad de oficios, insaculación y desinsaculación. Mitad de oficios significaba que los nobles tenían derecho al 50% de los cargos públicos, y el resto de la población al otro 50%, lo cual de por sí ya era un hecho injusto dado que los primeros sólo eran unos pocos individuos.

Cada cinco años el Alcalde Mayor del Partido venía al pueblo, consultaba a unas pocas decenas de personas que con sus votos seleccionaban a doce hombres de la nobleza y a trece del resto de la masa social (estas cantidades se alternaban cada quinquenio). Las papeletas de los más votados eran metidas cada una en su correspondiente bolilla de madera, que era tapada con cera, e iban a parar a los respectivos cantarillos de madera : había unos para nobles y otros para el resto, los pecheros, es decir, los que pagaban los impuestos. Los cantarillos, que tenían sus llaves, eran a su vez depositados en un arca de cuatro llaves que se guardaba en el Archivo Municipal. El acto descrito era la llamada insaculación.

Uno de los cantarillos utilizados en otros siglos
para la elección de cargos municipales
(puede verse en El Pósito)
Anualmente el día de Navidad se abría el arca, se sacaba de su interior los cantarillos, se abrían éstos y la mano inocente de un niño se encargaba de extraer tantas bolillas como cargos había que asignar. Y hasta el año siguiente. Este acto era denominado desinsaculación.

El sistema y procedimiento descritos estuvieron vigentes durante todo el Antiguo Régimen, es decir, hasta que se impuso el sistema político conocido como liberalismo, en el siglo XIX, una vez que empezó a haber constituciones y las leyes regulaban el acceso a los cargos públicos de manera diferente. Cierto es que variaron con el tiempo algo los detalles, por ejemplo, el número de miembros del Ayuntamiento, pero no los aspectos esenciales, a saber:

·        Los elegidos debían ser propietarios de bienes raíces en cuantía elevada, cien ducados de oro.

·                    No podrían ser designados los arrendatarios de las alcabalas, moneda y escribanías públicas, los clérigos de corona, los mesoneros, tejedores, carpinteros, buhoneros, carniceros, zapateros, albañiles, fundidores, barberos, alfayates  (sastres), recueros, jornaleros, o  los que     tuvieran “ otros semejantes o bajos oficios en el año de antes ni aquel en que fuere electo ni en el siguiente .

·                    Los que tuvieran esos oficios reseñados sí podrían ser mayordomos públicos y alguaciles, pero deberían tener la misma cuantía de bienes raíces antes mencionada.

·                    De ninguna manera podrían ser oficiales del Concejo las personas que tuvieran deudas con éste o con iglesias, ermitas y hospitales por más de 300 maravedís.

Estas limitaciones, unidas a las prácticas citadas, conforman lo que en verdad era una auténtica oligarquía que dejaba a la mayoría de los habitantes fuera del propio sistema.

Campo de Criptana, pues, estaba bajo el dominio de la monarquía, dominio en cierto modo indirecto pues, dada la existencia de la institución del señorío, había territorios donde la jurisdicción, manifestada en la asunción de diversas competencias, era ejercida por los señores por concesiones que a través del tiempo les habían ido haciendo los reyes. Aquí el señor feudal era la Orden Militar de Santiago que, creada en el último tercio del siglo XII, por su colaboración en la llamada reconquista había recibido territorios, entre ellos éstos.

Bien es cierto también que a lo largo de un proceso iniciado por los Reyes Católicos, las Órdenes Militares habían ido quedando bajo el control directo de la monarquía, que contaba para ello con el Consejo de las Órdenes Militares, y ya desde 1523, con Carlos I, los reyes fueron los administradores perpetuos de los maestrazgos de éstas.

Uclés, centro de la Orden de Santiago


Los territorios de la Orden de Santiago en su provincia de Castilla estaban divididos administrativamente en Partidos, al frente de cada uno de los cuales había un Gobernador. A principios del siglo XVI uno de éstos era el de Mancha y Ribera de Tajo, que en tiempos de Felipe II se dividió en tres: Ocaña, Uclés y Quintanar; en este último estaba enclavado Campo de Criptana , que poco después quedaría bajo la gobernación de Uclés. La Orden, por otra parte, ejercía el patronato sobre iglesias y hospitales y proveía a los curas propios o párrocos, a los que dotaba para su mantenimiento de beneficios, lo que se llamaba los beneficios curados.

Por lo demás, dentro de la compleja trama administrativa de la España de los Austrias Campo de Criptana estaba incluido en el antiguo Reino de Toledo, ciudad que lo representaba en las Cortes. Su instancia jurídica superior era, además del Consejo de las Órdenes, la Chancillería de Granada; en lo eclesiástico dependía del Obispado de Cuenca en cuanto a Bulas e Inquisición, y para todo lo demás del Prior de Uclés




FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS

Campo de Criptana en el tiempo de "El Quijote" (III)

Publicado por primera vez en abril de 2013

"... tierra abundosa de pan ..."
Desde el punto de vista de la actividad económica, Campo de Criptana estaba encorsetada en moldes agropecuarios, era la suya una economía abrumadoramente agraria, para la que contaba con un soporte físico no desdeñable: tierra sana y “abundosa de pan”, siempre que tuviera la humedad suficiente, claro es, nos cuentan las Relaciones de Felipe II; humedad, por cierto, no siempre presente: muchas veces, en periodos más o menos prolongados, el aspecto del Záncara no era el de un auténtico río.

El Záncara las más de las veces

El Záncara en su papel de río
Cereales

Junto a los cereales (trigo, cebada, centeno) la tierra cultivada se dedicaba a la vid y al olivo, bien que estos dos últimos ocupaban una pequeña parte del terrazgo en comparación con aquéllos, aunque el vino era un producto más que apreciado, de aquí las numerosas alusiones a él en la célebre novela, a veces puestas en boca de Sancho Panza:  “¿No será bueno (…) que tenga yo un instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje,  el sabor y la dura y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas? ”  (Capítulo XIII, 2ª parte).


Vid

Olivos
El ganado ovino era otra fuente de riqueza nada despreciable. La desfavorable climatología no era la única pesadilla del campesino, carácter que llegaba a constituir la presencia de plagas de langosta, un fenómeno hasta cierto punto frecuente y bien atestiguado documentalmente; téngase presente que una de esas plagas de langosta tuvo una influencia decisiva en la institución por el Concejo criptanense de la fiesta de la Virgen de Criptana a partir de 1548.

La riqueza ovina
Si hablamos de otros apartados del sector primario, Campo de Criptana no contaba con riqueza forestal pese a tener algunos montes y dehesas; hasta el Campo de Montiel y los montes de Peñarroya se iba en ocasiones en busca de madera, que para la construcción se conseguía en la Serranía de Cuenca.

Los sectores secundario y terciario de la economía, al lado del anterior, tenían mucha menor entidad y ocupaban a una parte muy pequeña de la población activa. Entre las actividades artesanales, aparte de las que surtían de lo más necesario y cotidiano, dos parecen destacar por entonces en nuestra villa: la molienda del grano y la artesanía textil.

Pues sí ..., eran molinos
Para la primera de ellas se contaba con los molinos de viento, cuya presencia en El Quijote es harto conocida, incluso por quienes no han leído ni un capítulo de la novela:  “En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo”, y decía Don Quijote: La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, a lo que respondió el fiel escudero: Mire vuestra merced (…) que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento”  (Capítulo VIII, 1ª parte).
      
Bien es cierto que se aseguraba en 1575 que se acudía a moler a los ríos Guadiana y Cigüela, a dos, tres y nueve leguas de distancia, y hasta los ríos Tajo y Júcar, a catorce leguas de esta villa; pero no es menos cierto que para esa misma fecha sabemos, pese a no conocer su número exacto, que, dicen las Relaciones de Felipe II, “hay en esta sierra de Criptana junto a la villa muchos molinos de viento donde también muelen los vecinos de la villa”. Por tanto, contaban ya por entonces con una base consolidada en nuestro pueblo, como confirman documentos de la primera mitad del siglo XVI.

Burleta, Sardinero e Infanto, testimonios de otras épocas
Es asimismo real que en torno a 1600, por lo que se extrae de documentos de nuestro Archivo Histórico Municipal, pese a la relativa escasez de éstos todavía en ese tiempo, que los molinos de viento tenían un notable interés económico en nuestro pueblo y había una activa demanda de compra o arrendamiento de molinos; en definitiva, eran una forma de capital apreciado y deseado. Gracias a esa documentación conocemos molineros o dueños de molinos de la época de El Quijote, tales como Francisco López Herrero, Francisco Rodríguez, Alonso Suárez o Alonso García, entre otros; igualmente nos permite saber que un lugar de procedencia de las piedras de molino era Horcajo de Santiago o que las dimensiones de una piedra eran alrededor de 145 centímetros de diámetro y unos 28 de gruesa, así como que por entonces un molino ya en uso valía unos 3.000 reales, equivalente al salario de varios años de trabajo de un jornalero del campo de los de entonces.

Aludía antes al textil: paños dieciochenos se hacen aquí mejores que en otras partes 
decían los criptanenses coetáneos de Miguel de Cervantes; eran esos paños, no 
obstante, de menor calidad que el velarte y el vellorí que, como sabrán los lectores de
su obra, vestía Don Alonso Quijano.

Hay que suponer la existencia también de artesanos que atendían las necesidades más elementales de la población: albañiles, herreros, carpinteros, etc., pero en pequeña cantidad, lo mismo que cabe decir de los comerciantes, si se compara con la población activa ocupada en el sector primario.

Los comerciantes, unos establecidos fijos en el pueblo, otros trajinantes, tratantes o buhoneros que daban salida sobre todo a los excedentes agrarios cuando los había o a productos como los textiles dentro de un radio de acción geográfico más bien pequeño, si se exceptúa la actividad tendente al abastecimiento de Madrid, sobre todo en materia de cereales, del que Campo  de Criptana participaba si era necesario y disponía de reservas.



FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS

lunes, 4 de agosto de 2014

Campo de Criptana en el tiempo de "El Quijote" (II)

Publicado por primera vez en abril de 2013




Cura y feligreses ante
la vieja iglesia parroquial
En cuanto al otro estamento privilegiado, el clero, había un clero secular y un clero regular. El primero, integrado, en el escalón inferior, por los sacerdotes de parroquia, estaba representado por los de la titulada en nuestro pueblo de Nuestra Señora de la Asunción. Constituían el segundo frailes y religiosas sujetos a una regla monástica determinada; éste no estuvo representado en nuestra villa hasta que en 1598 se fundara el Convento de carmelitas descalzos.

En los primeros años del siglo XVII había aquí cerca de 40 eclesiásticos, incluidos los dos tipos citados, cifra reveladora de un potencial económico de la Iglesia criptanense lo suficientemente holgado como para poder mantener a esas personas. Para comparar cifras, téngase en cuenta que por entonces los habitantes de Campo de Criptana se situaban en torno a los 4.500.

El tercer estamento –estado llano, pecheros, entre otras denominaciones que tenía- era el mayoritario. En El Quijote aparece, lógicamente, por todos los rincones de la obra. Pensemos en el buen Sancho, escudero de Don Alonso Quijano: solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien –si es que este título se puede dar al que es pobre -, pero de muy poca sal en la mollera. (…) tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. (…) Sancho Panza (…) así se llamaba el labrador(Capítulo VII, 1ª parte).
   
Iglesia del Convento
de Carmelitas Descalzos
Sancho era pobre pero también había pecheros bien dotados económicamente. Después de salir de la venta donde se armó caballero Don Quijote oyó voces quejicosas: encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían, y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho (…) que era el que las voces daba (…) porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle. Éste era labrador y también ganadero pues explicaba su acción así a Don Quijote: este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo”. Se trataba de Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar (Capítulo IV, 1ª parte).
     
En este estamento, el no privilegiado, las profesiones eran bien diversas. Así,  entre los que mantearon a Sancho en la venta había  cuatro perailes [cardadores]  de Segovia y tres agujeros [fabricantes de agujas] del Potro de Córdoba” (Capítulo XVII, 1ª parte), y en el transcurso de la primera salida de su pueblo, en un momento determinado, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia (Capítulo IV, 1ª parte).
Escudo de la orden carmelitana
en la antigua espadaña del Convento

Los no privilegiados tenían como deber el sostener económicamente al resto del tejido social con su trabajo y con la satisfacción de variados y pesados tributos que había que pagar al rey, a la nobleza y al clero, es decir, a los señores feudales en cualquiera de sus modalidades. 

En Campo de Criptana el tercer estamento estaba constituido, en su inmensa mayoría, por personas relacionadas con el sector primario de la economía, buena parte campesinos sin tierras; lo atestiguan las llamadas Relaciones de Felipe II (1575): “los vecinos desta villa es la mayor parte labradores, jornaleros, pastores”.

La sociedad criptanense de la época cervantina presentaba en su conjunto una estructura muy desequilibrada, con grandes desigualdades en cuanto al acceso a la propiedad de los medios de producción. Siguen refiriendo las Relaciones: “la gente desta villa tienen algunos medianamente y hay muchos pobres”. En enero de 1602 aseguraban las autoridades locales que “la mayor parte del pueblo es pobre y pasa necesidad”. Esta visión de la sociedad de entonces es confirmada con datos concretos e incontestables de ese momento histórico y de otros posteriores: utilizando diversas fuentes documentales, puede decirse que poco más del 2% de los criptanenses controlaba algo más de la tercera parte de la riqueza del pueblo, aproximadamente la misma cantidad de ésta    – la tercera parte - que pertenecía a casi el 90% de nuestros antepasados.


FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS


Campo de Criptana en el tiempo de "El Quijote" (I)

Publicado por primera vez en abril de 2013

[El 22 de febrero de 2013 tenían lugar en El Pósito de nuestra villa las II Jornadas de Historia Local, en las que participé con la ponencia titulada CAMPO DE CRIPTANA EN EL TIEMPO DE EL QUIJOTE, cuyo contenido expondré en este blog dividido en varios capítulos].




Felipe II
Hablar del tiempo de El Quijote supone adentrarse en la España de los reyes Felipe II y Felipe III, en parte de esa época de la cultura española conocida como el Siglo de Oro. Conviene dejar claro desde el principio que la obra cervantina que tiene como protagonista a Don Alonso Quijano es una fuente de primera mano para el conocimiento de aquellos tiempos. Leer El Quijote tiene muchas compensaciones – razón por la que recomiendo su  lectura -, y de ellas una es aprender historia, conocer la historia de España cuando ésta era una primera potencia mundial, si bien ya en el horizonte se atisbaban nubarrones que presagiaban cambios, y no precisamente a mejor.

Felipe III
En aquella célebre novela Miguel de Cervantes alude a la Historia y al papel del historiador: “... el poeta puede contar ó cantar las cosas, nó como fueron, sino como debían ser, y el historiador las ha de escribir, nó como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar á la verdad cosa alguna ...” (Capítulo III, 2ª parte). Y sobre los historiadores señala que deben ser puntuales, verdaderos y nonada apasionados[y] ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición[deben hacerles] torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia (Capítulo IX, 1ª parte). Pues bien, para no llevarle la contraria a nuestro autor trataré, entre otros motivos, de que mi exposición en torno a un núcleo del interior de la Castilla de entonces, Campo de Criptana, se atenga a la objetividad que él mismo reclama.
Portada de la primera parte de
"El Quijote" (1605)

Hay que empezar por señalar que en El Quijote encontramos de todo, por ejemplo la sociedad de la época, y ya en el arranque de la obra: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero (…)”; era aquél que, por la lectura de libros de caballería,  olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda (…) [y] vendió muchas hanegas  [fanegas] de tierra de sembradura para comprarlos (Capítulo I, 1ª parte).
   
Era aquélla una sociedad vertebrada bajo el signo de la desigualdad. Como heredera directa del sistema feudal que pervivía desde siglos anteriores, se trataba de una sociedad estamental, en la que no había igualdad ante la ley sino particularismo legal. Era estamental, esto es, formada por estamentos. Un estamento era un conjunto de personas semejantes entre sí en cuanto a derechos y obligaciones pero diferentes en unos y otras a las de otros estamentos. Los dos estamentos privilegiados eran la nobleza y el clero.

Don Alonso Quijano en la venta
La primera se dividía en alta y baja, o, dicho de otra forma, en titulada y no titulada, grupo este último en el que se incluían los hidalgos, entre los que había pobres, pero entre los que muchos se caracterizaban por las riquezas que poseían. En la novela dice el personaje Cardenio de él mismo: Mi linaje, noble; mis padres, ricos (Capítulo XXIV, 1ª parte). Por su parte, Grisóstomo, muerto de amor por Marcela, era un hijodalgo rico (…), el cual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los cuales había vuelto a su lugar con opinión de muy sabio y muy leído”; había heredado de su padre mucha cantidad de hacienda, ansí en muebles como en raíces, y en no pequeña cantidad de ganado (Capítulo XII, 1ª parte). Como va dicho, Alonso Quijano era un hidalgo.

En el clero también se distinguía entre alto y bajo clero por la relevancia del cargo ocupado, con todo lo que tal circunstancia acarreaba. Igualmente lo tenemos presente a lo largo y ancho de la novela. Paisano de Don Quijote era el licenciado Pero Pérez – que así se llamaba el cura-(Capítulo V, 1ª parte); era hombre docto, graduado en Cigüenza[Sigüenza] (Capítulo I, 1ª parte).

En ambos estamentos, dominantes en aquella sociedad en todos los sentidos, existían diferencias internas por su posición económica, pero en conjunto a ellos pertenecía una porción considerable de la propiedad en sus diferentes variantes, agraria o urbana. Uno y otro estamento tenían privilegios, entre otros la exención de la casi totalidad de los impuestos, sistema legal y penal especial  y, en el caso de los eclesiásticos, sistema fiscal propio, del que el diezmo era lo más representativo. A cambio, y según el esquema ideológico tradicional, tenían obligaciones: la nobleza, la de ser el brazo armado de la sociedad; el clero, la de velar espiritualmente por todos.

Casa de los Baíllo en la Plaza Mayor
En Campo de Criptana había nobles, los de entonces no titulados, es decir, hidalgos, en número de veinte en 1575. Su número fue en aumento: más de treinta eran ya en las primeras décadas del siglo XVII. Conocemos nombres y apellidos de ellos, tales como, entre otros, Alonso Granero, Rodrigo Ordóñez, Alonso de Castañeda, Alonso García de la Beldad, Esteban Suárez, Juan Ruiz de Alarcón, Francisco de Herriega, Alonso de Villaseñor, Juan de Castañeda, Juan de Marcilla, Alonso Luján, Gaspar de Herriega, al que se le dedicó una calle (parte de la actual Monescillo), Juan Baíllo Carrasco, Gregorio García de la Beldad; corriendo el tiempo, un Baíllo de la Beldad sería el primer Conde de Cabezuelas.

Aquellos hidalgos criptanenses estaban integrados en una hermandad religiosa, la Cofradía de Gracia, cuyo uniforme era azul y rojo. Hacia 1575 no había mayorazgos en nuestro pueblo, pues el primero existente es algo posterior a esa fecha y fue fundado por Cristóbal García de la Beldad, doctor en Leyes, relacionado con la Inquisición y tío del primer conde de Cabezuelas.



FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS

Tiempos difíciles entre España y Francia: la Guerra de Independencia (1808-1814) (y III)

Publicado por primera vez en marzo de 2013





Tropas francesas en la ruta a Andalucía
En el Campo de Criptana de principios del siglo XIX las actividades agropecuarias constituían la principal fuente de riqueza, y esto pese al bajo nivel técnico de la agricultura. Se seguía con el antiquísimo arado y con la azada como únicas herramientas específicas. La mula era el elemento de tracción para las labores, y el burro si se trataba de campesinos menos pudientes. Los abonos empleados se reducían al estiércol animal común y al cascajo procedente de derribos. El regadío, concentrado en unas pocas huertas, era escaso. De las tierras del término, la mayoría se dedicaba al cultivo de los cereales, seguidos de lejos por la vid y el olivo.

La propiedad estaba desigualmente repartida y una elevada proporción del terreno cultivable estaba sustraída a los circuitos del mercado, es decir, amortizada, dado que pertenecía a mayorazgos, capellanías y comunidades religiosas: en total, más de 11.000 fanegas de las poco más de 27.000 que ordinariamente se ponían en cultivo, dado que el resto, hasta unas 41.500 fanegas, estaban en barbecho o servían para pastos.

Escudo de los Castilla
La actividad artesanal era diversificada y no especializada, con bajo volumen de producción por lo general. El nivel técnico se caracterizaba por su atraso. En consonancia con todo ello la actividad comercial tenía poco relieve. Las personas dedicadas a esta profesión eran sólo el 15% de todas las que integraban el sector terciario de la población activa del pueblo.

Era la de nuestra una villa con una sociedad propia del Antiguo Régimen, estamental, con dos sectores destacados por sus privilegios y su riqueza: en primer lugar, la nobleza;  en segundo lugar, el clero, con más de 30 eclesiásticos seculares y con unos 20 frailes del Convento de Carmelitas Descalzos. Por último, la inmensa mayoría de los criptanenses, el estado general o llano, cuyas rentas y situaciones eran muy diversas y dentro del cual se encontraba un elevado contingente de jornaleros y criados al servicio de los estratos dominantes; de este grupo saldría la mayoría de aquéllos que protagonizaron el motín del verano de 1808, originado en buena parte por las difíciles condiciones de vida de esos estratos sociales a las que nadie ponía remedio.

Escudo de los Baíllo
La economía y la sociedad de Campo de Criptana, como las del conjunto del territorio español, sufrieron con intensidad los efectos derivados de varios años de guerra. La obligación de suministrar víveres y una variada gama de artículos a los ejércitos, fueran de un bando o de otro, ocupó buena parte del tiempo de las autoridades municipales y era fuente de no pocas preocupaciones para nuestros antepasados. La exposición que sigue es una muestra de las numerosas peticiones – mejor, exigencias, - que tuvieron que atender.

Con fecha 16 de mayo de 1808 las autoridades francesas establecidas en España transmitían a Campo de Criptana la orden de transportar hasta Villarta de San Juan, con destino a la tropa que desde Toledo y Aranjuez se dirigía a Cádiz, y dentro de un plazo rigurosamente delimitado – el 25 de mayo a las 12 del mediodía como máximo – un convoy compuesto de alimentos, ropa de cama, vehículos de transporte, etc., etc.

Es fácil imaginar el nerviosismo en medio del cual se trataría de adoptar las medidas precisas para dar cumplimiento a la orden recibida y evitar de esa manera las represalias del enemigo. En total, 162 personas del estado llano – es decir, los no privilegiados – que estaban en disposición de proveer lo necesario hubieron de cumplir el encargo, bien que sólo hasta donde fue posible. He aquí la relación de algunos de los principales suministros hechos: 100 carneros, 100 fanegas de cebada, 500 arrobas de paja, 500 de vino, 30 de aceite, 80 de arroz, 36 de garbanzos, 10 de judías – las únicas que había en el pueblo -, 30 de tocino, 1.000 panes, y sábanas, almohadas, colchas y colchones de lana en cantidad necesaria para vestir 130 camas.

La recogida de todo lo que se pudo reunir en esa ocasión concluyó a las 12 de la noche del 24 de mayo, y a las 4 de la mañana del día 25  salió todo en dirección a Villarta. Hay que añadir que en medio de aquellas difíciles circunstancias los mecanismos sociales de la época no dejaban de funcionar: fueron exceptuados de contribuir al suministro 24 eclesiásticos, 26 nobles – algunos de ellos evocados en las ilustraciones que acompañan a estas líneas - y 8 funcionarios, todos ellos por el hecho de ser lo que eran.

Escudo de los Quirós
Y un apunte final. Pese a lo expuesto que resultaba falsear la realidad cuando de obedecer las órdenes del invasor se trataba, en un informe enviado a Villlarta el mismo día 24 la corporación municipal señalaba, para tratar de justificar la diferencia entre la cuantía del pedido y lo que se enviaba en cuanto a ropa de cama, que el pueblo tenía 1.000 vecinos – es decir, cabezas de familia o, si se prefiere, unidades fiscales -, si bien se sabe por otros documentos que su número giraba en torno a los 1.300; por el contrario, bastante podría haber de cierto en lo que se añadía a continuación: tres cuartas partes de los vecinos no estaban acostumbrados a dormir en colchón de lana ni a cubrirse con sábanas de lienzo, pues lo normal era utilizar jergones  de esparto o albardín y cubrirse con una “mala manta” . Cierta y desgraciadamente ésta parece ser por entonces la realidad de muchos hogares criptanenses.



FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS

Tiempos difíciles entre España y Francia. La Guerra de Independencia (1808-18014) (II)

Publicado por primera vez en marzo de 2013


La Guerra de Independencia tuvo, indudablemente, su vertiente religiosa para muchos españoles en el sentido de defensa del más puro catolicismo frente a la que consideraban “impía” y revolucionaria Francia. Me centraré en dos aspectos concretos de esa relación entre guerra y religión: una muestra de los numerosos actos litúrgicos organizados en relación con la evolución de los hechos bélicos y políticos, y una incursión en las consecuencias materiales sufridas por las instituciones eclesiásticas con motivo de la invasión protagonizada por los ejércitos napoleónicos.

En el primer caso merece la pena citar:

§  La función solemne que, atendiendo a orden dada por el Consejo de Castilla, se celebró el jueves 29 de septiembre de 1808 para “ ... desagravio del Altísimo por las execrables profanaciones cometidas por las tropas francesas ...” . Los gastos, que ascendieron a 80 reales y 13 maravedís, se pagaron de los fondos de Bienes Propios de la villa.

§  Los nueve días de rogativas que tuvieron lugar a partir del día 13 del mismo mes y año para implorar la pronta restauración en el trono de Fernando VII, el acierto de las medidas adoptadas por la Junta Suprema, y el éxito de los ejércitos españoles. Rogativas se repitieron también a fines de noviembre de 1808.

§  El 9 de septiembre de ese primer año de la guerra se llevó a cabo la proclamación de Fernando VII – preso en Francia – como rey de España, al calor de la recuperación española tras la victoria en Bailén en el mes de julio. En tal ocasión asistieron a una misa en la iglesia parroquial las autoridades y gentes de toda clase, después de que hubiese hecho la proclamación oficial desde el balcón de la Casa Consistorial D. Luis Treviño, teniente coronel de Infantería y capitán de Artillería retirado.

Conde de Floridablanca, primer
presidente de la Junta Suprema Central
§  El regreso de Fernando VII a España en 1814, una vez firmada la paz, fue ocasión para celebrar rogativas los días 28, 29 y 30 de marzo. El 31 de ese mes se supo que el rey había llegado a Gerona el día 24, por lo que el Ayuntamiento decretó que hubiese un repique general de campanas y que a las tres de la tarde se cantara un solemne “Te Deum” en acción de gracias, al que habían de asistir la corporación municipal en pleno y los eclesiásticos, así como que al toque de ánimas los vecinos hiciesen a las puertas de sus casas “ hogueras ó luminarias “, lo que habría de repetirse el 4 de abril y las dos noches siguientes, incluso en la puerta del Ayuntamiento, en tanto que a las 9 de la mañana de ese día se habría de cantar una misa y otro “Te Deum”, celebraciones que se repitieron el día en que el rey llegó a Madrid, el 15 de mayo.

Por otra parte, a lo largo y ancho de España una de las manifestaciones nefastas de la guerra fue el expolio de obras artísticas y objetos valiosos de las iglesias. Como medida de prevención, la Junta Suprema Central ordenó a fines de 1809 que las alhajas de los templos le fueran remitidas para evitar su apropiación por los franceses. Antes de acabar el año, exactamente el 15 de diciembre, ya se había hecho la remesa, excepción hecha de los vasos sagrados indispensables para celebrar el culto. Para entonces los soldados napoleónicos ya habían robado objetos de las ermitas del Cristo de Villajos y de la Virgen de Criptana.
Arzobispo Juan Acisclo de Vera, presidente
de la Junta Suprema Central
en diciembre de 1809
La iglesia parroquial era el templo que disponía de mayor cantidad de materiales objeto de la orden superior. Se reservó seis cálices, dos copones, una caja para consagrar, dos incensarios con su naveta y una custodia de bronce y plata. El resto que formaba parte de su propiedad fue enviado el 15 de diciembre de 1809 a la Junta, concretamente a La Carolina. El lote se componía de dos lámparas - una de ellas grande, y la otra mediana y antigua -, tres cruces - una grande, otra mediana y la tercera de mano – y unos cetros.

Del convento de Carmelitas Descalzos eran una corona de la Virgen del Carmen (su peso, 5 marcos [*] y 1 onza) y cuatro zapatillos de los Niños de la Virgen y de San José (1 marco, 2 onzas y 3 ochavos). Se quedó con los vasos sagrados.
La ermita del Cristo de Villajos en otros tiempos

A la ermita del Cristo de Villajos - de la que el 20 de noviembre anterior los soldados napoleónicos habían robado un cáliz, una patena y algunas piezas de menor calidad - pertenecían una lámpara grande (28 marcos), una cruz para el altar mayor (9 marcos), seis candeleros grandes macizos (52 marcos) y un juego de sacras con sus guarniciones también de plata (7 marcos y 4 onzas ). Se reservó un cáliz y una patena de plata.


A la ermita de la Virgen de Criptana tras su saqueo por los franceses le había quedado una lámpara (15 marcos y 4 onzas), dos candeleros (8 marcos y 2 onzas) y un plato y dos vinajeras (2 marcos). Se quedó con un cáliz y una patena.
La ermita de la Virgen de la Soledad envió una lámpara (15 marcos y 4 onzas ) y guardó un cáliz.
Vista antigua del interior
de la ermita del Cristo
  La Hermandad de Nuestra Señora del Rosario puso a buen recaudo una lámpara (21 marcos y 1 onza) y una corona
  (2 marcos y 3 onzas).

No participaron en la remesa las demás ermitas. Las de San Sebastián, Virgen de la Paz y Cristo de la Columna ( Veracruz) sólo poseían un cáliz cada una; la de Santa Ana, un cáliz y una patena, y la Venerable Orden Tercera de San Francisco, cuya capilla estaba en esta última, sólo tenía un copón, un cáliz y una patena. La ermita de la Concepción, nada de nada.

En total, el peso de la plata que se trataba de preservar ascendía a unos 63 kilogramos. En el futuro se plantearía el retorno de tales objetos preciosos.

Los gastos del envío, que debieron ser sufragados por los propietarios de los objetos remitidos, alcanzaron la cantidad de 996 reales, de los que se recuperaron 53 por la venta posterior del cajón en que se hizo la remesa.

[*] El marco equivalía a media libra; su peso era 230 gramos. La onza era la octava parte del marco, 28,75 gramos. El ochavo era la octava parte de la onza, 3,6 gramos aproximadamente.


FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS

Tiempos difíciles entre España y Francia: la Guerra de Independencia (1808-1814) (I)

[En 1814 concluía definitivamente aquella guerra pues, a pesar de que oficialmente su fin vino marcado  por el Tratado de Valençay - de fines de 1813 - todavía hubo en el noreste de España presencia militar  francesa durante los primeros meses de 1814]


Publicado por primera vez en febrero de 2013


Escudo de la familia Baíllo
Con esta entrega inicio una breve serie sobre aquella guerra, de “independencia” llamada por los españoles pero conocida de forma distinta según la nacionalidad de quien se refería a ella, y que hace ahora doscientos años estaba en pleno desarrollo. En julio de 1808, con buena parte del territorio español ocupado por tropas francesas, estaba candente y vivo aún el motín iniciado en Campo de Criptana el 29 de junio de ese año, día en que fueron asesinados Mariana Baíllo, hermana del conde de Cabezuelas, y su hijo, el coronel Gregorio de Silva, con el pretexto de ser ambos afrancesados. Ese suceso trajo cola, según expresión habitual, y judicialmente no quedó definitivamente resuelto hasta pocos años antes de morir Fernando VII, que pasó a mejor vida en 1833.

Fernando VII, rey legítimo de España,
"el Deseado" por los patriotas españoles
 Dicha guerra no dio lugar a batallas en esta comarca, pero sí se registró en su transcurso un gran trasiego de combatientes de uno y otro bando, de fuerzas guerrilleras y regulares, por estar bien situado Campo de Criptana cerca de dos rutas de primer orden: la que de Madrid llevaba a Andalucía, y la que desde la capital del Estado conducía a Cuenca y a Valencia; era esta comarca, pues, importante para la conexión entre una y otra.

José I Bonaparte, rey de España
impuesto por su hermano Napoleón
El pueblo cumplía como podía – y a veces, como quería – su papel de suministrador de los ejércitos, tanto en lo material como en el elemento humano, aspecto este al que me referiré con algo más de detalle. En  un informe del Ayuntamiento sobre los que servían en el ejército o en la guerrilla, fechado el 8 de mayo de 1811, se constataba que en ese año nadie del pueblo estaba en el bando de José I Bonaparte, así como que hasta fines de 1808 habían salido del pueblo para cumplir su servicio de armas 107 hombres, de los cuales estaban:

  • 86 en el ejército (el español), de los que uno era coronel – D. Francisco Treviño –  y 10 oficiales.
  • 17 en las partidas de guerrilleros.
  • De uno – Francisco Sánchez Alarcos – se desconocía el destino.


Todos ésos que salieron hasta fines de aquel año debieron hacerlo de acuerdo con la orden de alistamiento que la Junta Provincial de Ciudad Real hizo llegar a los pueblos y que afectó a varones que contaban entre 16 y 40 años. Parece que en medio de la confusión de las primeras semanas de la guerra – desde el 9 de junio había habido “conmociones populares” – y por la ofensiva francesa el alistamiento no se hizo de inmediato, pues todavía un decreto municipal de 20 de agosto de dicho 1808 ordenaba efectuarlo; el día 24 ya estaba concluido. Fueron declarados útiles para el servicio 135; aparte de los límites de edad señalados, eran criterios para ser considerados de “utilidad” los casados sin hijos, los solteros y los viudos. Por otra parte, el futuro soldado debía rebasar la altura de 5 pies, es decir, unos 140 centímetros, lo que indica, dada la exigencia, que la altura media del español de entonces era todavía bastante baja.

El 27 de diciembre se recibieron órdenes sobre cómo habrían de alistarse los mozos: armados, y presentarse a pie o a caballo en Herencia el 1 de enero de 1809 para desde allí pasar a Manzanares y posteriormente a Santa Cruz de Mudela, localidad en la que 27 fueron declarados inútiles, por lo que quedaron entregados 100 (las cifras no cuadran con exactitud, como se ve).

Por otra parte, se sabe que el 5 de diciembre de 1808 salió hacia Madrid un número no determinado de soldados, que en principio deberían ser voluntarios, para auxiliar a la capital de España, Iban mandados por el teniente coronel D. Luis Treviño. ¿Cuántos de todos ellos, así como de los que fueron alistados en otros momentos de la guerra, no volvieron? Difícil esclarecerlo, pero algún dato se conoce; por ejemplo, D. Francisco Treviño cayó prisionero en Somosierra, y hubo dos oficiales procedentes de nuestro pueblo que fueron apresados en Zaragoza y en Belchite. Desgraciadamente no serían las únicas bajas de aquella tristemente célebre guerra.


FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS