miércoles, 23 de julio de 2014

Acerca de nuestro Pósito


 
Pósito restaurado
Publicado por primera vez en junio de 2012


No hay duda de que el edificio del viejo Pósito es uno de los monumentos de carácter civil más interesante y atractivo de Campo de Criptana. Aparte de ser objeto de visita por gentes de muy diversa procedencia, es escenario habitual de actividades institucionales, artísticas, sociales y culturales en general.
Situado en el centro del casco antiguo de nuestra villa, su aspecto externo presta a la localidad esa vitola de antigüedad tan apreciada en estos tiempos en que los nuevos gustos constructivos han acabado por reducir casi a la nada el tradicional tipismo urbanístico. Ese aspecto es el único conocido por muchos criptanenses, los más jóvenes, que pueden pensar que lo que ven siempre ha sido la imagen paisajística de esa parte del pueblo.
Antes de la restauración
Sin embargo, quienes tenemos más edad sabemos de la degradación paulatina sufrida en otras épocas por tan emblemático caserón. Después de su pasado y largo esplendor y tras haber servido – por hablar sólo de parte de la segunda mitad del siglo XX - parcialmente de vivienda y de establecimiento comercial entre otros usos que tuvo, le llegó la hora del abandono. En los primeros años de la década de los 80 del pasado siglo, las hierbas se iban enseñoreando de sus muros, cada vez más llenos de pintadas y carteles publicitarios y destino de todo tipo de desperdicios. El panorama que contemplaba cualquiera que pasaba por esa zona, tan céntrica, era vergonzoso y deprimente.
Esta experiencia aludida es la que nos hace apreciar en su justa medida la magnífica restauración de que fue objeto hace ya casi dos décadas, cuya consecución se produjo tras un proceso temporal no exento de dificultades. A lo largo de 1985 promoví una campaña de recogida de firmas que en agosto fueron remitidas al  Ayuntamiento acompañadas de un escrito en el que se le instaba a tomar las medidas que estuviesen legalmente a su alcance para que el edificio se restaurase y fuese dedicado permanentemente a fines culturales. Por entonces el sistema político democrático actual llevaba pocos años de rodaje y tal vez por ello a algún miembro de la Corporación municipal le extrañó ese recurso a las firmas peticionarias como forma de participación ciudadana.
Antes de la restauración
Al mismo tiempo procuré que la opinión pública se hiciera eco de la problemática del Pósito. En este sentido el diario ciudadrealeño LANZA me publicó  en septiembre de dicho año un escrito en el que reivindicaba la intervención de las instituciones públicas para conseguir algo que cada vez más criptanenses apoyaban. Pasaba el tiempo y aunque en el mismo 1985 la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha inició el expediente para declarar el inmueble del Pósito como Bien de Interés Cultural, un obstáculo para que el dinero público se invirtiese en su restauración era su condición de propiedad privada.

Por mi parte yo insistía en mi idea con mis escritos publicados en los años siguientes no sólo en LANZA sino también en el semanario alcazareño ya desaparecido CANFALI. Por su parte, la familia propietaria del edificio tenía su propio proyecto de futuro para el mismo y eso de dedicarlo a fines culturales no figuraba entre sus objetivos, tal como me hizo saber personalmente en mi propio domicilio uno de sus miembros el mismo día (17 de agosto de 1990) en que uno de mis escritos apareció en CANFALI.
Por fin los propietarios accedieron a los deseos de la Corporación y por un  precio simbólico (cinco millones de pesetas), en escritura firmada a 13 de diciembre de 1991, el Ayuntamiento se convirtió en propietario, situación que permitió la llegada de fondos públicos, incluidos los provenientes de la Unión Europea, para la restauración, de la que se encargó una Escuela-Taller, cuyos miembros realizaron una estupenda obra, con el arquitecto Jesús Perucho Lizcano y el director de aquélla José Antonio Sancho Calatrava al frente. Después de dos años y medio desde su inicio, en mayo de 1996 finalizaron los trabajos, cuya trascendencia ahora disfrutamos.
Después de todo lo que va expuesto el lector se hará cargo de la satisfacción que siento al ver al día de hoy al Pósito restaurado y convertido en lo que siempre defendí y en lo que siempre soñé, un centro de actividades culturales, una meta conseguida con el apoyo y la colaboración de muchas personas, de las que una muestra es Andrés Escribano, que intervino en la recogida de firmas, y meta conseguida asimismo gracias a las decisiones de personas e instituciones que tenían, lógicamente, poder para decidir: propietarios, políticos y técnicos.

Antes de la restauración
Hay otra circunstancia que, con la perspectiva del discurrir del tiempo, ha contribuido a engrosar mi satisfacción y que paso a relatar. Hay que remontarse al 17 de agosto de 1983. Ese día la Corporación municipal aprobó, por mayoría, sustituir el nombre de Plaza del Pósito por la denominación de Plaza de Juan Carlos I. A través de la prensa y también en escrito dirigido al propio Ayuntamiento, califiqué esa decisión de lamentable error. Justifiqué mi opinión señalando que con la desaparición del nombre de esa plaza y dejando caerse el edificio del Pósito si no se rehabilitaba, las futuras generaciones ignorarían qué había sido esa institución e incluso no sabrían de su existencia; es decir, apelé al hecho de que parte de nuestra memoria histórica local quedaría así amputada. Por otra parte, dedicar una calle a nuestro rey podría hacerse utilizando otra vía urbana para ese fin. De momento no tuve éxito en mi petición de que aquella decisión corporativa fuese rectificada; incluso alguno de nuestros regidores en esos días hizo gala de obstruccionismo con tal de impedir que mi súplica fuera debatida en el Pleno. Afortunadamente, unos años después, con un Ayuntamiento de diferente composición política, la cordura se impuso y la rotulación de Plaza del Pósito volvió a su lugar.
Pero no todo son alegrías. Me explico. Un edificio como el que nos ocupa goza de protección, que también debe ser protección visual, que se ve alterada por dos circunstancias. Una es la instalación de contenedores soterrados en una de sus aceras, la de la fachada occidental. Otra es el no haber puesto obstáculos (bolardos) en dicha acera y en la meridional, por lo que con frecuencia hay automóviles estacionados sobre el acerado, junto a muros tan respetables. En fin, la felicidad no puede ser completa.


FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS

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